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Actividades, Iglesia, Mundo obrero y del trabajo

Alicante: “Año de la misericordia y conversión pastoral”

12 abril 2016

El próximo domingo 17 de abril de 2016 el Secretariado Diocesano de Pastoral Obrera celebra en la Parroquia de San Gabriel de Alicante  el “Encuentro Diocesano de Trabajadores Cristianos” donde se reflexionará y dialogará sobre  el tema: “Año de la misericordia y conversión pastoral. Mirada Compasiva a la Realidad del Mundo Obrero”.

Horario encuentro:

9:30 h Oración y presentación del encuentro
10:00 h Ponencia: “Mirada Compasiva a la Realidad del Mundo Obrero
11:00 h Dialogo
11:30 h Descanso
12:00 h Ponencia: “Año de la misericordia y conversión pastoral.”
12:45 h Dialogo
13:00 h Comunicaciones

·   HOAC Elche “Trabajo Decente

·   Parroquia San Francisco de Elda “La Pastoral Obrera en la Parroquia

13:30 h Oración despedida

Como nos dice el Papa Francisco: “Al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia” (Ángelus del 17 de marzo de 2013).

Es el tiempo de misericordia que necesitan, que esperan y anhelan los empobrecidos. Es el tiempo de la compasión, que nos pone en camino a las “periferias” del mundo obrero. Es tiempo de caminar, hacia las heridas del mundo obrero, de la mano del Dios del consuelo. Es tiempo de hacernos consuelo de Dios. Especialmente este año que quiere ser año de la Misericordia; de la misericordia de Dios con nosotros, y de la nuestra, que se hace compasión, caridad, y justicia para los empobrecidos

 

Plasencia: Recordando a Rovirosa en el Año de la Misericordia

Iglesia

Plasencia: Recordando a Rovirosa en el Año de la Misericordia

24 febrero 2016

El sábado 27 a las 19,00 horas se celebra una eucaristía en la parroquia de Sta Mª de la Esperanza (Plasencia) con motivo del año de la “Misericordia” y del aniversario de la muerte de Guillermo Rovirosa.

Año de la Misericordia y trabajo digno | #Editorial1579

Editoriales

Año de la Misericordia y trabajo digno | #Editorial1579

13 enero 2016

El Año de la Misericordia que celebramos la Iglesia es una llamada a ser misericordiosos como el Padre (Lc 6, 16). El amor concreto a las personas, que se conmueve por la miseria y el sufrimiento del hermano y reacciona para acabar con ese sufrimiento y miseria para que pueda vivir dignamente, que eso es la misericordia, es lo que nos hace humanos y lo que construye una vida social justa y decente. Por eso, en la Bula de Convocatoria del Jubileo Extraordinario de la Misericordia (Misericordiae vultus), el papa Francisco insiste en que la Iglesia «tenemos la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre» (n. 4). Para ello es imprescindible que «abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva nuestro grito y junto podamos romper la barrera de la indiferencia» (n. 15). Unamos, dice Francisco, lo que no se puede separar, justicia y misericordia, sabiendo que el fundamento de la justicia es el amor misericordioso.

El empeño de la HOAC por el trabajo digno, la iniciativa de organizaciones eclesiales Iglesia unida por el trabajo decente, el llamamiento de la Conferencia Episcopal Española en Iglesia, servidora de los pobres a situar como objetivo social fundamental el trabajo digno y estable (n. 32), la insistencia del papa Francisco en devolver la dignidad al trabajo, el empeño de organizaciones sociales, sindicales, por el trabajo decente… ¿qué tienen que ver con el Año de la Misericordia? Tienen todo que ver. Es esencial que vivamos la lucha por el trabajo digno como expresión de la misericordia y camino de misericordia. Porque el mundo obrero y del trabajo, toda nuestra sociedad, lo que más necesita es recorrer el camino de la misericordia, para que sea posible avanzar hacia la vida digna de todos, sin empobrecidos ni excluidos.

La situación que sufre el mundo obrero y del trabajo desempleado, precarizado y empobrecido, es el resultado de la lógica inmisericorde del dominio de la idolatría del dinero, de la rentabilidad y el bienestar individualista. Esa lógica inmisericorde convierte a muchos trabajadores y trabajadoras en descartables, prescindibles, por no ser suficientemente rentables. Y esto, a su vez, es la consecuencia de otro descarte más radical: el del ser humano mismo, como si fuera un producto de usar y tirar, desplazando del primer lugar al ser humano, prescindiendo de nuestra humanidad. Se ha convertido el trabajo, que es parte de nuestro ser como personas, en puro instrumento de la rentabilidad económica y así se ha reducido a la persona trabajadora a la condición de instrumento. De ahí nace la falta de trabajo digno, el desempleo, el empleo precarizado, el empobrecimiento de las personas trabajadoras…

La misericordia sale al paso de esta situación inhumana y deshumanizadora para situar a la persona en primer lugar. La lucha por el trabajo digno es expresión de esa misericordia, camino indispensable para la inclusión social de los pobres y para la afirmación práctica de la sagrada dignidad de la persona, porque sin trabajo digno se pisotea la dignidad humana. La lucha por un trabajo digno lo es por un trabajo en condiciones dignas de la persona, pero también, y mucho más en su raíz, por devolver la dignidad al trabajo mismo, por recuperar lo que el trabajo debe ser: un camino de realización de nuestra humanidad, de construcción de una sociedad humana, no un instrumento despersonalizado de la economía. La lucha por el trabajo digno es la lucha para que podamos trabajar por amor, realizando con el trabajo nuestra humanidad, sirviendo con él a los demás, viviéndolo como un don de la persona a las demás. Como toda actividad humana, el trabajo sin amor no es digno del ser humano.

Para vivificar la lucha por el trabajo digno desde la misericordia necesitamos, ante todo, hacernos cargo de la situación de las personas empobrecidas del mundo obrero y del trabajo. Lo necesitan ellas, lo necesitamos nosotros, lo necesitan las organizaciones sociales y sindicales. Para ello son imprescindibles tres cosas: primero, la exigencia de justicia, que implica la reivindicación de derechos en el trabajo y de trabajo digno para todos; segundo, construir también iniciativas sociales que visibilicen otras formas de trabajar, de hacer funcionar la empresa, de usar los bienes, de vivir la solidaridad…; y por último, más importante aún, vivir compartiendo con los empobrecidos cercanía, solidaridad, comunión, recursos, que nos ayuden a experimentar juntos el calor de la fraternidad y descubrir lo que es crecer en humanidad por ser misericordiosos. La misericordia es lo que más necesitamos.

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Tiende tu mano al pobre. IV Mensaje de la Jornada Mundial de los Pobres

Iglesia

Tiende tu mano al pobre. IV Mensaje de la Jornada Mundial de los Pobres

13 junio 2020

Publicamos a continuación el texto del Mensaje del Santo Padre para la IV Jornada Mundial de los Pobres, que se celebra el 15 de noviembre de 2020 (XXXIII domingo del Tiempo Ordinario) y cuyo tema es Tiende tu mano al pobre (cf. Sir 7, 32)

“Tiende tu mano al pobre” (cf. Sir 7, 32). La antigua sabiduría ha formulado estas palabras como un código sagrado a seguir en la vida. Hoy resuenan con todo su significado para ayudarnos también a nosotros a poner nuestra mirada en lo esencial y a superar las barreras de la indiferencia. La pobreza siempre asume rostros diferentes, que requieren una atención especial en cada situación particular; en cada una de ellas podemos encontrar a Jesús, el Señor, que nos reveló estar presente en sus hermanos más débiles (cf. Mt 25, 40).

1. Tomemos en nuestras manos el Eclesiástico, también conocido como Sirácida, uno de los libros del Antiguo Testamento. Aquí encontramos las palabras de un sabio maestro que vivió unos doscientos años antes de Cristo. Él buscaba la sabiduría que hace a los hombres mejores y capaces de escrutar en profundidad las vicisitudes de la vida. Lo hizo en un momento de dura prueba para el pueblo de Israel, un tiempo de dolor, luto y miseria causado por el dominio de las potencias extranjeras. Siendo un hombre de gran fe, arraigado en las tradiciones de sus antepasados, su primer pensamiento fue dirigirse a Dios para pedirle el don de la sabiduría. Y el Señor le ayudó.

Desde las primeras páginas del libro, el Sirácida expone sus consejos sobre muchas situaciones concretas de la vida, y la pobreza es una de ellas. Insiste en el hecho de que en la angustia hay que confiar en Dios: «Endereza tu corazón, mantente firme y no te angusties en tiempo de adversidad. Pégate a él y no te separes, para que al final seas enaltecido. Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y sé paciente en la adversidad y en la humillación. Porque en el fuego se prueba el oro, y los que agradan a Dios en el horno de la humillación. En las enfermedades y en la pobreza pon tu confianza en él. Confía en él y él te ayudará, endereza tus caminos y espera en él. Los que teméis al Señor, aguardad su misericordia y no os desviéis, no sea que caigáis» (2, 2-7).

2. Página tras página, descubrimos un precioso compendio de sugerencias sobre cómo actuar a la luz de una relación íntima con Dios, creador y amante de la creación, justo y providente con todos sus hijos. Sin embargo, la constante referencia a Dios no impide mirar al hombre concreto; al contrario, las dos cosas están estrechamente relacionadas.

Lo demuestra claramente el pasaje del cual se toma el título de este Mensaje (cf. 7, 29-36). La oración a Dios y la solidaridad con los pobres y los que sufren son inseparables. Para celebrar un culto que sea agradable al Señor, es necesario reconocer que toda persona, incluso la más indigente y despreciada, lleva impresa en sí la imagen de Dios. De tal atención deriva el don de la bendición divina, atraída por la generosidad que se practica hacia el pobre. Por lo tanto, el tiempo que se dedica a la oración nunca puede convertirse en una coartada para descuidar al prójimo necesitado; sino todo lo contrario: la bendición del Señor desciende sobre nosotros y la oración logra su propósito cuando va acompañada del servicio a los pobres.

3. ¡Qué actual es esta antigua enseñanza, también para nosotros! En efecto, la Palabra de Dios va más allá del espacio, del tiempo, de las religiones y de las culturas. La generosidad que sostiene al débil, consuela al afligido, alivia los sufrimientos, devuelve la dignidad a los privados de ella, es una condición para una vida plenamente humana. La opción por dedicarse a los pobres y atender sus muchas y variadas necesidades no puede estar condicionada por el tiempo a disposición o por intereses privados, ni por proyectos pastorales o sociales desencarnados. El poder de la gracia de Dios no puede ser sofocado por la tendencia narcisista a ponerse siempre uno mismo en primer lugar.

Mantener la mirada hacia el pobre es difícil, pero muy necesario para dar a nuestra vida personal y social la dirección correcta. No se trata de emplear muchas palabras, sino de comprometer concretamente la vida, movidos por la caridad divina. Cada año, con la Jornada Mundial de los Pobres, vuelvo sobre esta realidad fundamental para la vida de la Iglesia, porque los pobres están y estarán siempre con nosotros (cf. Jn 12, 8) para ayudarnos a acoger la compañía de Cristo en nuestra vida cotidiana.

4. El encuentro con una persona en condición de pobreza siempre nos provoca e interroga. ¿Cómo podemos ayudar a eliminar o al menos aliviar su marginación y sufrimiento? ¿Cómo podemos ayudarla en su pobreza espiritual? La comunidad cristiana está llamada a involucrarse en esta experiencia de compartir, con la conciencia de que no le está permitido delegarla a otros. Y para apoyar a los pobres es fundamental vivir la pobreza evangélica en primera persona. No podemos sentirnos “bien” cuando un miembro de la familia humana es dejado al margen y se convierte en una sombra. El grito silencioso de tantos pobres debe encontrar al pueblo de Dios en primera línea, siempre y en todas partes, para darles voz, defenderlos y solidarizarse con ellos ante tanta hipocresía y tantas promesas incumplidas, e invitarlos a participar en la vida de la comunidad.

Es cierto, la Iglesia no tiene soluciones generales que proponer, pero ofrece, con la gracia de Cristo, su testimonio y sus gestos de compartir. También se siente en la obligación de presentar las exigencias de los que no tienen lo necesario para vivir. Recordar a todos el gran valor del bien común es para el pueblo cristiano un compromiso de vida, que se realiza en el intento de no olvidar a ninguno de aquellos cuya humanidad es violada en las necesidades fundamentales.

5. Tender la mano hace descubrir, en primer lugar, a quien lo hace, que dentro de nosotros existe la capacidad de realizar gestos que dan sentido a la vida. ¡Cuántas manos tendidas se ven cada día! Lamentablemente, sucede cada vez más a menudo que la prisa nos arrastra a una vorágine de indiferencia, hasta el punto de que ya no se sabe más reconocer todo el bien que cotidianamente se realiza en el silencio y con gran generosidad. Así sucede que, sólo cuando ocurren hechos que alteran el curso de nuestra vida, nuestros ojos se vuelven capaces de vislumbrar la bondad de los santos “de la puerta de al lado”, «de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 7), pero de los que nadie habla. Las malas noticias son tan abundantes en las páginas de los periódicos, en los sitios de internet y en las pantallas de televisión, que nos convencen que el mal reina soberano. No es así. Es verdad que está siempre presente la maldad y la violencia, el abuso y la corrupción, pero la vida está entretejida de actos de respeto y generosidad que no sólo compensan el mal, sino que nos empujan a ir más allá y a estar llenos de esperanza.

6. Tender la mano es un signo: un signo que recuerda inmediatamente la proximidad, la solidaridad, el amor. En estos meses, en los que el mundo entero ha estado como abrumado por un virus que ha traído dolor y muerte, desaliento y desconcierto, ¡cuántas manos tendidas hemos podido ver! La mano tendida del médico que se preocupa por cada paciente tratando de encontrar el remedio adecuado. La mano tendida de la enfermera y del enfermero que, mucho más allá de sus horas de trabajo, permanecen para cuidar a los enfermos. La mano tendida del que trabaja en la administración y proporciona los medios para salvar el mayor número posible de vidas. La mano tendida del farmacéutico, quién está expuesto a tantas peticiones en un contacto arriesgado con la gente. La mano tendida del sacerdote que bendice con el corazón desgarrado. La mano tendida del voluntario que socorre a los que viven en la calle y a los que, a pesar de tener un techo, no tienen comida. La mano tendida de hombres y mujeres que trabajan para proporcionar servicios esenciales y seguridad. Y otras manos tendidas que podríamos describir hasta componer una letanía de buenas obras. Todas estas manos han desafiado el contagio y el miedo para dar apoyo y consuelo.

7. Esta pandemia llegó de repente y nos tomó desprevenidos, dejando una gran sensación de desorientación e impotencia. Sin embargo, la mano tendida hacia el pobre no llegó de repente. Ella, más bien, ofrece el testimonio de cómo nos preparamos a reconocer al pobre para sostenerlo en el tiempo de la necesidad. Uno no improvisa instrumentos de misericordia. Es necesario un entrenamiento cotidiano, que proceda de la conciencia de lo mucho que necesitamos, nosotros los primeros, de una mano tendida hacia nosotros.

Este momento que estamos viviendo ha puesto en crisis muchas certezas. Nos sentimos más pobres y débiles porque hemos experimentado el sentido del límite y la restricción de la libertad. La pérdida de trabajo, de los afectos más queridos y la falta de las relaciones interpersonales habituales han abierto de golpe horizontes que ya no estábamos acostumbrados a observar. Nuestras riquezas espirituales y materiales fueron puestas en tela de juicio y descubrimos que teníamos miedo. Encerrados en el silencio de nuestros hogares, redescubrimos la importancia de la sencillez y de mantener la mirada fija en lo esencial. Hemos madurado la exigencia de una nueva fraternidad, capaz de ayuda recíproca y estima mutua. Este es un tiempo favorable para «volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo […]. Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad […]. Esa destrucción de todo fundamento de la vida social termina enfrentándonos unos con otros para preservar los propios intereses, provoca el surgimiento de nuevas formas de violencia y crueldad e impide el desarrollo de una verdadera cultura del cuidado del ambiente» (Carta enc. Laudato si’, 229). En definitiva, las graves crisis económicas, financieras y políticas no cesarán mientras permitamos que la responsabilidad que cada uno debe sentir hacia al prójimo y hacia cada persona permanezca aletargada.

8. “Tiende la mano al pobre” es, por lo tanto, una invitación a la responsabilidad y un compromiso directo de todos aquellos que se sienten parte del mismo destino. Es una llamada a llevar las cargas de los más débiles, como recuerda san Pablo: «Mediante el amor, poneos al servicio los unos de los otros. Porque toda la Ley encuentra su plenitud en un solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. […] Llevad las cargas los unos de los otros» (Ga 5, 13-14; 6, 2). El Apóstol enseña que la libertad que nos ha sido dada con la muerte y la resurrección de Jesucristo es para cada uno de nosotros una responsabilidad para ponernos al servicio de los demás, especialmente de los más débiles. No se trata de una exhortación opcional, sino que condiciona de la autenticidad de la fe que profesamos.

El libro del Eclesiástico viene otra vez en nuestra ayuda: sugiere acciones concretas para apoyar a los más débiles y también utiliza algunas imágenes evocadoras. En un primer momento toma en consideración la debilidad de cuantos están tristes: «No evites a los que lloran» (7, 34). El período de la pandemia nos obligó a un aislamiento forzoso, incluso impidiendo que pudiéramos consolar y permanecer cerca de amigos y conocidos afligidos por la pérdida de sus seres queridos. Y sigue diciendo el autor sagrado: «No dejes de visitar al enfermo» (7, 35). Hemos experimentado la imposibilidad de estar cerca de los que sufren, y al mismo tiempo hemos tomado conciencia de la fragilidad de nuestra existencia. En resumen, la Palabra de Dios nunca nos deja tranquilos y continúa estimulándonos al bien.

9. “Tiende la mano al pobre” destaca, por contraste, la actitud de quienes tienen las manos en los bolsillos y no se dejan conmover por la pobreza, de la que a menudo son también cómplices. La indiferencia y el cinismo son su alimento diario. ¡Qué diferencia respecto a las generosas manos que hemos descrito! De hecho, hay manos tendidas para rozar rápidamente el teclado de una computadora y mover sumas de dinero de una parte del mundo a otra, decretando la riqueza de estrechas oligarquías y la miseria de multitudes o el fracaso de naciones enteras. Hay manos tendidas para acumular dinero con la venta de armas que otras manos, incluso de niños, usarán para sembrar muerte y pobreza. Hay manos tendidas que en las sombras intercambian dosis de muerte para enriquecerse y vivir en el lujo y el desenfreno efímero. Hay manos tendidas que por debajo intercambian favores ilegales por ganancias fáciles y corruptas. Y también hay manos tendidas que, en el puritanismo hipócrita, establecen leyes que ellos mismos no observan.

En este panorama, «los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 54). No podemos ser felices hasta que estas manos que siembran la muerte se transformen en instrumentos de justicia y de paz para el mundo entero.

10. «En todas tus acciones, ten presente tu final» (Sir 7,36). Esta es la expresión con la que el Sirácida concluye su reflexión. El texto se presta a una doble interpretación. La primera hace evidente que siempre debemos tener presente el fin de nuestra existencia. Acordarse de nuestro destino común puede ayudarnos a llevar una vida más atenta a quien es más pobre y no ha tenido las mismas posibilidades que nosotros. Existe también una segunda interpretación, que evidencia más bien el propósito, el objetivo hacia el que cada uno tiende. Es el fin de nuestra vida que requiere un proyecto a realizar y un camino a recorrer sin cansarse. Y bien, la finalidad de cada una de nuestras acciones no puede ser otro que el amor. Este es el objetivo hacia el que nos dirigimos y nada debe distraernos de él. Este amor es compartir, es dedicación y servicio, pero comienza con el descubrimiento de que nosotros somos los primeros amados y movidos al amor. Este fin aparece en el momento en que el niño se encuentra con la sonrisa de la madre y se siente amado por el hecho mismo de existir. Incluso una sonrisa que compartimos con el pobre es una fuente de amor y nos permite vivir en la alegría. La mano tendida, entonces, siempre puede enriquecerse con la sonrisa de quien no hace pesar su presencia y la ayuda que ofrece, sino que sólo se alegra de vivir según el estilo de los discípulos de Cristo.

En este camino de encuentro cotidiano con los pobres, nos acompaña la Madre de Dios que, de modo particular, es la Madre de los pobres. La Virgen María conoce de cerca las dificultades y sufrimientos de quienes están marginados, porque ella misma se encontró dando a luz al Hijo de Dios en un establo. Por la amenaza de Herodes, con José su esposo y el pequeño Jesús huyó a otro país, y la condición de refugiados marcó a la sagrada familia durante algunos años. Que la oración a la Madre de los pobres pueda reunir a sus hijos predilectos y a cuantos les sirven en el nombre de Cristo. Y que esta misma oración transforme la mano tendida en un abrazo de comunión y de renovada fraternidad.

Roma, en San Juan de Letrán, 13 de junio de 2020, memoria litúrgica de san Antonio de Padua.

Creyentes de todo el mundo se unen en jornada de oración, ayuno y obras de misericordia por la humanidad

Iglesia

Creyentes de todo el mundo se unen en jornada de oración, ayuno y obras de misericordia por la humanidad

14 mayo 2020

El Alto Comité para la Fraternidad Humana invita a participar este jueves, 14 de mayo, a todos los creyentes del mundo, independientemente de la religión que profesen, en una Jornada de oración, ayuno y obras de misericordia por la humanidad. En Twitter #PrayForHumanity

De esta manera, el Comité establecido el pasado mes de agosto con el fin de lograr los objetivos del Documento sobre la Fraternidad Humana firmado el 4 de febrero de 2019 por el papa Francisco y el gran Imán de Al-Azhar, Ahmed al-Tayyeb, anima a todos los líderes religiosos y creyentes a unirse en una súplica común para invocar, con una sola voz, la ayuda de Dios para que preserve la humanidad, “la ayude a superar la pandemia, le restituya la seguridad, la estabilidad, la salud y la prosperidad, y haga que nuestro mundo, una vez eliminada esta pandemia, sea “más humano y más fraterno”.

Francisco se une a la oración

El papa Francisco también se unió a la iniciativa del Alto Comité para la Fraternidad Humana con este mensaje pronunciado el domingo 3 de mayo desde la Biblioteca Apostólica del Vaticano.

“Y como la oración es un valor universal, he aceptado la propuesta del Alto Comité para la Fraternidad Humana de que el próximo 14 de mayo, los creyentes de todas las religiones se unan espiritualmente en un día de oración, ayuno y obras de caridad, para implorar a Dios que ayude a la humanidad a superar la pandemia del coronavirus. Recuerden: el 14 de mayo, todos los creyentes juntos, creyentes de diferentes tradiciones, para rezar, ayunar y hacer obras de caridad”

También las comunidades religiosas judías, cristianas y musulmanas de España

Según se puede leer en la página web de la Conferencia Episcopal, las tres comunidades religiosas de España, se suman a esta jornada “en la que las comunidades creyentes y cuantas personas de buena voluntad se asocien a ella supliquen a Dios a una sola voz para que ayude a la humanidad a salir de esta situación de dolor y sufrimiento, y nos afiance en la fe de que su misericordia y amor por  nosotros no tienen fin”.

«Las tres grandes religiones monoteístas se encuentran en un tiempo de gracia y oración por la celebración en estos días de su grandes fiestas anuales: la Pascua judía, que para el pueblo hebreo conmemora la liberación de la esclavitud de Egipto; la Pascua cristiana, que para los discípulos de Jesús celebra el misterio la muerte y resurrección de Cristo; y el mes de Ramadán, que para los musulmanes festeja la primera revelación de Dios al profeta Muhammad. Tiempo propicio para la oración y el cambio, para volvernos al rostro de nuestro prójimo y elevar a Dios el corazón orante por la salvación del mundo».

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Información relacionada > Orar en el mundo obrero

Palencia | David García Martín, sacerdote del Concilio Vaticano II

Iglesia

Palencia | David García Martín, sacerdote del Concilio Vaticano II

01 abril 2020

Nicolás Castellanos Franco OSA | Obispo emérito de Palencia

Nos sorprende, como siempre, hoy la muerte de nuestro querido David, excelente compañero, persona coherente y buena, obediente, sacerdote del Vaticano II, implicado en la Pastoral Obrera, con sentido eclesial y realista.

Resalto lo de obediente, nada fácil en los tiempos que se viven. David, en coherencia con sus opciones de Pastoral Obrera, siempre estaba disponible para servir allí donde el obispo lo indicase. Lo mismo cuando fue destinado a la Parroquia de San Telmo en Palencia, que a la Unidad Pastoral de Velilla de Río Carrión. Practicó siempre la obediencia de comunión, con alegría y entrega. Qué alivio para el obispo cuando David aceptó ir a Velilla del Río Carrión. Me acuerdo que fue en Vega de doña Olimpa, en el funeral de aquel santo hombre, padre de Hilario.

Qué duda cabe que los presbíteros son la corona, la gloria, la esperanza, la felicidad de sus pastores y obispos. Ese fue David para mí, como obispo de Palencia. Vivimos el Ministerio en comunión y amistad, él como presbítero y yo como su pastor. Nos queríamos, estábamos identificados en la mística del discipulado y seguimiento de Jesús. Éramos condiscípulos en la escuela del único maestro interior, Jesús de Nazaret y en la praxis y aplicación del Vaticano II.

Para mí, esto es lo que cuenta, todo los demás, los pequeños fallos cotidianos, no son tenidos en cuenta por el buen Dios, Padre, Madre, ternura y misericordia.

Amigo David, siento tu muerte, tu separación, pero hoy hago memoria agradecida, porque como persona humana, creyente y presbítero, fuiste un DON para tu familia, para Santana, tu pueblo, cuando tú naciste, se llamaba Cuerno, para la Diócesis de Palencia, para el mundo obrero, para mí, que fui tu obispo, para nuestro obispo Manuel, que te acompaña con cariño en la oración.

Esta tarde, aquí en el Plan 3000, Santa Cruz de la Sierra, la Fraternidad Hombres Nuevos, celebra tu Pascua, tu encuentro definitivo con el Padre. Tenemos la certeza que desde el Reino de los cielos, nos bendices y nos ayudas a vivir la fraternidad apostólica presbiteral.

Descansa en paz, David, amigo.

 

Información relacionada

Fallece el sacerdote D. David García Martín, consiliario diocesano de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC).

Lesbos: El sufrimiento humano hecho frontera

Inmigrantes, Internacional, Paro, pobreza y exclusión

Lesbos: El sufrimiento humano hecho frontera

13 septiembre 2019

Joaquín Sánchez.  | Hemos vuelto a los campos de refugiados en la Isla de Lesbos, a los campos de Moria, que gestiona el Gobierno griego y que es reconocido legalmente, y al campo del Monte de los Olivos que, a pesar de estar pegado, no tiene ese reconocimiento. Es absurda esta división, como todo.

Se basa en una política bien planificada, hecha desde las entrañas de la Unión Europea, para generar condiciones indignas y transmitir el mensaje, el terrible mensaje, de que la gente que viene huyendo del horror de las guerras, de la destrucción y de la muerte,  se van a encontrar en espacios inhumanos y que solo pueden aspirar a una supervivencia mínima y un tiempo lleno de sufrimiento, sin ninguna esperanza ni futuro. Se trata de convertir el sufrimiento, su sufrimiento, en una frontera permanente.  La inhumanidad rige la política, una política vestida de crueldad y sin escrúpulos, una política que mata y asesina, una política que quiere que la ciudadanía sea cómplice desde la indiferencia, el miedo y el egoísmo.

Cuando llegamos, lo primero que observas es que el campo de refugiados del Monte de los Olivos es más extenso, hay más tiendas de campañas, que siguen los muros y las concertinas en Moria, que la gente deambula, miras sus ojos y ves que transmiten una tristeza acumulada día a día, miradas perdidas, vacías de sentido, de no entender por qué la vida les ha hecho eso. «Vengo de enterrar a un hijo y me encierran en un muro grueso con concertinas». Me imagino que en su pensamiento se dirán: ¿Es un delito huir de un país donde he tenido que sacar a uno de mis hijos debajo de los escombros y no quiero enterrar a más hijos? Intentar ponerlos a salvo, ¿es ser unos malos padres? Ellos saben que pueden morir en el trayecto, que el único camino que les han dejado son las mafias, no tienen otra posibilidad, pasan de la muerte segura a la muerte probable y ese pequeñísimo margen, es el margen de la esperanza. ¡Qué decisión más difícil y terrible tienen que tomar! Decía un refugiado –tenía dos hijas– que cómo no iba a huir, sabiendo que si llegaban los terroristas del Estado Islámico violarían a sus hijas y le harían verlo, para después venderlas o degollarlas.

Vimos que las condiciones inhumanas e indignas se mantienen: hacimiento, un campo previsto para unas 3.000 personas donde hay 8.000, la comida, como dicen ellos, vomitiva, tienen que hacer colas de más de tres horas para comer, con el calor que hace, una asistencia médica deficitaria, sin recursos, ni siquiera medicamentos, con pocas actividades para los niños y niñas y nulas para los adultos. Hay muy pocos baños y pocos puntos de agua. Nos decían que este invierno habían muerto varias personas en las tiendas de campaña por el frío. Siguen produciéndose suicidios y hay que añadirle el drama de las mujeres que han sido violadas y que guardan silencio porque sino serían despreciadas y estigmatizadas. Guardan en su corazón que han sido violadas para poder reanudar sus vidas de alguna manera. Violan a una mujer y las hacen sentir culpables, ¡tremendo!

Pero, a pesar de todo este panorama, te sigue sorprendiendo que los refugiados te sigan sonriendo, te acojan en sus tiendas, te invitan a un té y a lo poco que tienen, que te abrazan, que te hacen sentir que somos amigos y parte de su familia. No expresan rechazo a nuestra presencia, todo lo contrario, agradecimiento y nos consuelan cuando les decimos que nos sentimos muy mal porque nosotros nos vamos y ellos se quedan allí y nos dicen que no nos preocupemos por ellos, que volvamos con nuestra familia y amigos y que siempre estaremos en sus vidas.

Cabe destacar la presencia de varias organizaciones y ONGs en el campo de Moria, donde hacen una labor de intentar  aliviar el dolor de esta entrañable gente, sin obviar que siempre hay alguien con maldad, de atender sus  necesidades básicas (comida, sanidad, juegos lúdicos con los niños y niñas…), supliendo la dejadez de la Unión Europea, el Gobierno griego y ACNUR, una dejadez que refleja el desprecio al ser humano. Aquí hay que señalar el gran dilema de atender a la gente y de la denuncia de la injusticia, porque existe la amenaza real de que si denuncian las condiciones serán expulsados del campo. Comentaba una voluntaria que se planteaba cómo ayudar a los refugiados sin ser un engranaje de esa maquinaria que los encierra y los humilla.

Resaltar la Iglesia católica en Mitilene, que da la bienvenida, acoge y crea un espacio humano para que puedan celebrar la fe, sobre todo, los subsaharianos, que van a misa los domingos y que es una celebración llena de fe profunda, de vida y de esperanza. Después de la misa se comparte la mesa. Es una fe que celebra, que vive la solidaridad y la justicia. Nos decían los sacerdotes, con tristeza, que cuando llegan turistas católicos a la misa y ven tanta «gente negra» se salían.

Recojo el testimonio de un a refugiado yemení, de un buen amigo y una bellísima persona, que manifestaba que cuando decidió salir del Yemen, lo hizo por el conflicto bélico, porque se quedó sin presente ni futuro y tomó la decisión más difícil que fue salir, nos dijo que la decisión más fácil hubiera sido quedarse, pero su familia, sobre todo, su madre, lo animó a salir, que era su única esperanza. Nos dijo que cuando llegó a Europa quería tener una vida normal, pero se encontró con mucho rechazo y un rechazo que le hizo mucho daño y que le hizo pensar que había tomado la decisión equivocada, de hecho, había pedido que lo deportaran y poder volver con su familia, pero, le dijeron que era imposible por esa guerra desconocida, por ese bloqueo, que no deja ni siquiera pasar ayuda humanitaria. También nos dijo que su madre le suplicaba que no volviera. Le dije que si guardaba rencor y contestó que no, que el rencor no es bueno, que no hay que dejar que  la violencia y el rencor se apoderen del corazón, que el mundo necesita paz. ¡Qué gran lección de vida!

Para terminar, quiero tener  presente a esa gran cantidad de niños y niñas de estos campos de refugiados, que nos regalaban su sonrisa, su cariño, que enseguida jugaban con nosotros, que cuando te veían al día siguiente, salían corriendo y se abrazaban. Quiero recordar a esa niña que llevaba un pañuelo porque no tenía pelo, posiblemente fuera por el cáncer,  y me pregunto, desde el desgarro del corazón, qué será de estos niños y niñas. Quiero creer que las guerras se terminarán, que los muros de cemento y concertinas caerán, que caerán esos muros invisibles forjados en el racismo, el rechazo a los empobrecidos y el odio, que la gente podrá volver a sus países, porque ellos quieren morir en el país que los vio nacer. Quiero creer que nadie será obligado a salir de su país por la guerra, el hambre y la sed. Pero, para que caigan estos muros, es necesario que renazcan en nuestros corazones la sensibilidad, la conciencia, la acogida y el abrazo.

 

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Cursos de Verano | Homilía en la Eucaristía

Iglesia

Cursos de Verano | Homilía en la Eucaristía

18 julio 2019

¿Por qué estamos hoy aquí?

Seguro que decimos que porque somos de la HOAC, porque teníamos unos días de vacaciones, porque nos interesaba el tema de los cursos de verano, porque nos gusta Salamanca, porque disfrutamos del encuentro con los hermanos y hermanas, porque disfrutamos de la reflexión, del diálogo, de la oración…, o porque dónde vamos a ir que estemos mejor y nos den tanto por tan poco…

Quizá porque estos días nos permiten hacer un corte con la dinámica habitual, que a veces, nos puede cansar. Y experimentamos también estos días como una posibilidad de descanso. En el Evangelio, el Señor nos invita también a descansar.

Pero, en el fondo, si releemos el texto del Éxodo1 que hemos proclamado, estamos aquí, como en todos los lugares y momentos de nuestra vida, porque somos enviados por Dios. Nuestra vida es envío, es misión. No estamos enzarzados en ella solo por gusto, o por decisión personal, sino porque hemos recibido una llamada, un mandato: el Señor, Dios de nuestros padres nos envía. Y, con toda libertad, hemos querido responder a esa llamada haciendo que transforme nuestra vida en una misión. Somos, como Moisés, misión de Dios, y descubrimos que nuestra vida adquiere sentido cuando la vivimos así, como una misión, reconociendo que somos misión en este mundo.

Una misión salvadora, liberadora. Una misión que es respuesta de Dios al sufrimiento del pueblo. Dios oye el lamento del pueblo, ve su sufrimiento, y nos envía, en medio de ellos, para hacernos portadores de su salvación, de su liberación –no de la nuestra–, de su esperanza, de su vida.

El papa Francisco en su homilía del pasado 8 de julio, en Lampedusa, dijo:

En este sexto aniversario de mi visita a Lampedusa, pienso en los “últimos” que todos los días claman al Señor, pidiendo ser liberados de los males que los afligen. Son los últimos engañados y abandonados para morir en el desierto; son los últimos torturados, maltratados y violados en los campos de detención; son los últimos que desafían las olas de un mar despiadado; son los últimos dejados en campos de una acogida que es demasiado larga para ser llamada temporal. Son solo algunos de los últimos que Jesús nos pide que amemos y ayudemos a levantarse. Desafortunadamente, las periferias existenciales de nuestras ciudades están densamente pobladas por personas descartadas, marginadas, oprimidas, discriminadas, abusadas, explotadas, abandonadas, pobres y que sufren. Con el espíritu de las Bienaventuranzas, estamos llamados a consolarlas en sus aflicciones y a ofrecerles misericordia; a saciar su hambre y sed de justicia; a que sientan la paternidad amorosa de Dios; a mostrarles el camino al Reino de los Cielos. ¡Son personas, no se trata solo de cuestiones sociales o migratorias! “No se trata solo de migrantes”, en el doble sentido de que los migrantes son antes que nada seres humanos, y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada.

Como entonces, Dios ve y oye, y se le conmueven las entrañas con el sufrimiento del pueblo. Y, como entonces, nos envía. Para acompañar, para curar, para aliviar, para emprender junto con los hombres y mujeres del mundo obrero, y con toda la Iglesia, ese camino de liberación que nos lleva de la esclavitud a la alianza; de la opresión a la humanización, de la esclavitud a la fraternidad y a la comunión. Una alianza que genera nuevas relaciones con Dios, con toda la humanidad, con la creación; una alianza de vida, para hacer posible la vida con otra manera de pensar, de sentir, de trabajar, y de vivir.

Y nos pone a caminar con ellos. Hemos venido porque Dios nos sigue enviando.

La alianza que Dios hace

Con el salmo responsorial2 hemos dado gracias a Dios por ello. Porque sigue recordando su alianza, porque nos envía, para que hagamos sus signos y porque, para ello, nos cambia el corazón.

Este año nuestros cursos de verano van de eso, precisamente: de cambiar el corazón, de cambiar la mentalidad, la manera de pensar pero, sobre todo, la manera de sentir, para ponernos en su misma clave: para pensar como él. Para descubrir que, en su manera de amar este mundo, de amar a cada ser vivo, nos muestra el camino de la misericordia que podemos recorrer también nosotros para construir el reino de Dios y la nueva humanidad.

Cargad con mi yugo

Y eso pasa por nuestra conversión, pasa por estar dispuestos a cargar con su yugo3, pasa por configurar nuestra vida con la suya, para aprender de su mansedumbre y humildad.

Cambiar de mentalidad, hoy, pasa, necesariamente por convertir nuestro corazón.

Bienaventurados los mansos, nos dirá Jesús, porque ellos heredarán la tierra.

La mansedumbre es una valentía sin violencia, una fuerza sin dureza, un amor sin cólera. Es una descripción del Jesús de los Evangelios, ¿no? Hoy podríamos traducir por bienaventurados los humildes, los que saben indignarse y convertir esa indignación en amor. La mansedumbre sostiene la imposibilidad de pactar con la mentira, con la injusticia, con el cinismo.

Es lo contrario de la pasividad, un verdadero dinamismo que nos lleva a canalizar nuestras fuerzas demasiado impulsivas, nuestras impaciencias. Es la que nos pone del lado de los pobres para tratar de ser mansamente su hermano, solidario con ellos.

El manso es el que no pone en primer plano sus derechos humanos, sino los de los demás, aún a costa de los suyos. Se hace sujeto de deberes.

La mansedumbre es capaz de transformar el poder en servicio; nos hace capaces de “dar la vida, para que otros tengan vida”.

Los verdaderos mansos son los que aceptan no poseer a Dios, los que renuncian a la tentación de hacerse como dioses. Son los que no tratan de enmendar la plana a la providencia. La recompensa de la mansedumbre es una realidad inclusiva en la que nadie queda eliminado, sino que es respetada la identidad de cada uno. La apuesta es por el encuentro, sin dejar de ser lo que somos.

Rovirosa encuentra en esa bienaventuranza el sentido de la humildad que estamos llamados a vivir en la HOAC:

Jesús, cuando se nos presenta como Maestro nos dice que aprendamos de Él la humildad y la mansedumbre de corazón, y no nos dice que aprendamos la pobreza. La humildad es una pieza fundamental del cristianismo, a la que todo lo demás tiene que referirse. Así se dice que en el infierno hay condenados que han practicado todas las demás virtudes, pero no hay ningún humilde.4

Por eso estamos aquí, para aprender de Jesús su humildad y mansedumbre, para crecer en ese estilo de vida siguiéndole, para que así podamos seguir dejándonos enviar por el Señor, para acompañar a nuestras hermanas y hermanos a construir esa nueva cultura de la fraternura humana. Para renovar nuestra alianza de amor con Dios. Para seguir dejándonos enviar por el Señor, que sigue oyendo el lamento de su pueblo.

Para, junto al pan y al vino, ofrecer nuestra vida, y pedir, una vez más a Dios que la acepte, y la transforme. Y agradecer a Dios que, en su Misericordia sigue contando con nosotros. 

1 Ex 3,13-20: Soy el que soy. «Yo soy» me envía vosotros.

 En aquellos días, Moisés, después de oír la voz del Señor desde la zarza ardiendo, le replicó:
—Mira, yo iré a los israelitas y les diré: el, Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntan cómo se llama este Dios, ¿qué les respondo?

Dios dijo a Moisés:
—«Soy el que soy». Esto dirás a los israelitas: «Yo-soy» me envía a vosotros.

Dios añadió:
—Esto dirás a los israelitas: el Señor Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación.

Vete, reúne a los ancianos de Israel y diles: El Señor Dios de vuestros padres se me ha aparecido, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, y me ha dicho: os estoy observando a vosotros y cómo os tratan en Egipto. He decidido sacaros de la opresión egipcia y llevaros al país de los cananeos, hititas, amorreos, fereceos, heveos y jebuseos, a una tierra que mana leche y miel.

Ellos te harán caso; y tú, con los ancianos de Israel, te presentarás al rey de Egipto y le dirás: El Señor Dios de los hebreos nos ha encontrado, y nosotros tenemos que hacer un viaje de tres jornadas por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor nuestro Dios.

Yo sé que el rey de Egipto no os dejará marchar ni a la fuerza, pero yo extenderé la mano, heriré a Egipto con prodigios que haré en medio de él, y entonces os dejará marchar.

2 Sal 104, 1.5.8-9.24-25.26-27: El Señor se acuerda de su alianza eternamente. 

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas a los pueblos.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca.

Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac.

Dios hizo a su pueblo muy fecundo,
más poderoso que sus enemigos.
A éstos les cambió el corazón
para que odiasen a su pueblo,
y usaran malas artes con sus siervos.

Pero envió a Moisés su siervo,
y a Aarón su escogido:
que hicieron contra ellos sus signos,
prodigios en la tierra de Cam.

3 Mt 11, 28-30: Soy manso y humilde de corazón.

En aquel tiempo, exclamó Jesús:
—«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

4 Guillermo Rovirosa. Obras Completas, Tomo I, pág. 149.

Francisco: «Los migrantes son antes que nada seres humanos y hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada»

Iglesia

Francisco: «Los migrantes son antes que nada seres humanos y hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada»

08 julio 2019

Celebración eucarística presidida por el papa Francisco en el aniversario de la visita a Lampedusa.

Hoy la Palabra de Dios nos habla de salvación y liberación.

Salvación. Durante su viaje desde Berseba a Jarán, Jacob decide detenerse y descansar en un lugar solitario. Tuvo un sueño en el que vio una escalera apoyada en la tierra y cuya cima tocaba el cielo (cf. Gn 28, 10-22). La escalera, por la que los ángeles de Dios subían y bajaban, representa la unión entre lo divino y lo humano, que se cumplió históricamente en la encarnación de Cristo (cf. Jn 1, 51), una ofrenda amorosa de revelación y salvación por parte del Padre. La escalera es una alegoría de la iniciativa divina que precede a todo movimiento humano. Es la antítesis de la torre de Babel, construida por hombres que con sus propias fuerzas querían alcanzar el cielo para convertirse en dioses. En este caso, por el contrario, es Dios quien “baja”, es el Señor quien se revela a sí mismo, es Dios quien salva. Y el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, cumple la promesa de que el Señor y la humanidad se pertenezcan mutuamente, en el signo de un amor encarnado y misericordioso que da la vida en abundancia.

Frente a esta revelación, Jacob realiza un acto de entrega al Señor, que se traduce en un compromiso de reconocimiento y adoración que marca un momento esencial en la historia de la salvación. Le pide al Señor que lo proteja en el difícil viaje que tendrá que proseguir y dice: «El Señor será mi Dios» (Gn 28, 21).

Como un eco de las palabras del patriarca, hemos repetido en el Salmo: «Dios mío, confío en ti». Él es nuestro refugio y fortaleza, nuestro escudo y armadura, ancla en los momentos de prueba. El Señor es refugio para los fieles que lo invocan en la tribulación. Por lo demás, precisamente en estas situaciones es donde nuestra oración se vuelve más pura, cuando nos damos cuenta de que las seguridades que ofrece el mundo valen poco y no nos queda más que Dios. Sólo Dios abre el Cielo al que vive en la tierra. Sólo Dios salva.

Y este confiar de modo total y extremo es lo que une al jefe de la sinagoga y a la mujer enferma en el Evangelio (cf. Mt 9, 18-26). Son episodios de liberación. Ambos se acercan a Jesús para obtener de él lo que ningún otro les puede dar: la liberación de la enfermedad y la muerte. Por una parte, tenemos a la hija de una de las autoridades de la ciudad; por otra, tenemos a una mujer que padece una enfermedad que la convierte en una excluida, una marginada, una persona impura. Pero Jesús no hace distinciones: la liberación se concede generosamente en ambos casos. La necesidad coloca a las dos, a la mujer y a la niña, entre esos “últimos” que hay que amar y levantar.

Jesús revela a sus discípulos la necesidad de una opción preferencial por los últimos, que han de ser puestos en el primer lugar en el ejercicio de la caridad. Son muchas las pobrezas de hoy; como escribió san Juan Pablo II, los «“pobres”, en las múltiples dimensiones de la pobreza, son los oprimidos, los marginados, los ancianos, los enfermos, los pequeños y cuantos son considerados y tratados como los “últimos” en la sociedad» (Exhort. ap. Vita consecrata, 82).

En este sexto aniversario de mi visita a Lampedusa, pienso en los “últimos” que todos los días claman al Señor, pidiendo ser liberados de los males que los afligen. Son los últimos engañados y abandonados para morir en el desierto; son los últimos torturados, maltratados y violados en los campos de detención; son los últimos que desafían las olas de un mar despiadado; son los últimos dejados en campos de una acogida que es demasiado larga para ser llamada temporal. Son sólo algunos de los últimos que Jesús nos pide que amemos y ayudemos a levantarse.

Desafortunadamente, las periferias existenciales de nuestras ciudades están densamente pobladas por personas descartadas, marginadas, oprimidas, discriminadas, abusadas, explotadas, abandonadas, pobres y sufrientes. En el espíritu de las Bienaventuranzas, estamos llamados a consolarlas en sus aflicciones y a ofrecerles misericordia; a saciar su hambre y sed de justicia; a que sientan la paternidad premurosa de Dios; a mostrarles el camino al Reino de los Cielos. ¡Son personas, no se trata sólo de cuestiones sociales o migratorias! “No se trata sólo de migrantes”, en el doble sentido de que los migrantes son antes que nada seres humanos, y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada.

Aparece como algo natural el retomar la imagen de la escalera de Jacob. En Jesucristo, la conexión entre la tierra y el cielo es segura y accesible para todos. Pero subir los escalones de esta escalera requiere compromiso, esfuerzo y gracia. Hay que ayudar a los más débiles y vulnerables. Me gusta pensar, entonces, que podríamos ser nosotros aquellos ángeles que suben y bajan, tomando bajo el brazo a los pequeños, los cojos, los enfermos, los excluidos: los últimos, que de otra manera se quedarían atrás y verían sólo las miserias de la tierra, sin descubrir ya desde este momento algún resplandor del cielo.

Esta es, hermanos y hermanas, una gran responsabilidad, de la que nadie puede estar exento si queremos llevar a cabo la misión de salvación y liberación a la que el mismo Señor nos ha llamado a colaborar. Sé que muchos de vosotros, que habéis llegado hace tan sólo unos meses, ya estáis ayudando a los hermanos y hermanas que han venido recientemente. Quiero agradeceros este hermoso signo de humanidad, gratitud y solidaridad.

Fuente | Vatican.va

Verano para compartir fe, esperanza y alegría

Colaboraciones

Verano para compartir fe, esperanza y alegría

24 julio 2018

Fefi Valerón | Había ideado un plan perfecto para este verano, una vez finalizado el curso. Disfrutaría de mis nietas y procuraría ir a los Cursos de Verano de la HOAC. Pero algo trastocó mis planes.

Lo primero que haría sería disfrutar de dos semanas con Nazaret y Daniela, mis nietas. Lo segundo, mirar las fechas de los Cursos de Verano de la HOAC de este año para unirme al grupo de militantes que viajaríamos desde Canarias.

Aprovechando que se celebran en Salamanca pensaba participar en los cursos y prolongar una semana más mi estancia en la ciudad para disfrutar de sus numerosas ofertas culturales y, también, descansar. Me veía llamando a mi entrañable y querido Àlvar para comentarle la posibilidad de preparar un pequeño sketch para la fiesta habitual de cada edición.

Iba encontrarme con los rostros queridos de tantos y tantas militantes y compartir besos y abrazos; disfrutar juntos de este espacio, participando y compartiendo días entrañables de oración, reflexión y profundización que nos ofrece la HOAC. Esto ocurría en enero. En febrero mi plan no me pareció tan perfecto. Mejor dicho, cambió totalmente.

Durante la Asamblea Diocesana de Canarias, coincidí en la mesa con Loli y Antonio. Mientras compartíamos el almuerzo, Antonio me habló de su intención de viajar a Trinidad, en el departamento de Estelí, en Nicaragua, lugar en el que estuvo ya el verano pasado.

Me hablaba con alegría de la llamada que siente para ir a la misión ad gentes. En un momento dado, Loli, conocedora también de mi vena misionera, me comentó si me gustaría acompañar a Antonio. Pregunté por el proyecto y la tarea que se realiza allí. En principio, el objetivo es estar disponibles para lo que demanden. Sus palabras se quedaron grabadas en mi mente: «Vamos para estar disponibles…».

Disponibilidad, una palabra que evoca otra Palabra y me recuerda la actitud interior con la que quiero estar en el mundo; Palabra presente en mi proyecto personal de vida militante y que quiero acoger en mi corazón como luz que guíe el resto de mi andadura en esta tierra.

La llamada a cambiar los planes de vacaciones se iba haciendo hueco en mí. Cuando Antonio me llamó, ya en abril, le dije que sí sin dudarlo. Con alegría, comprendía poco a poco por qué me costó tan poquito cambiar mi plan. La disponibilidad que quiero vivir como seguidora de Jesús de Nazaret comporta renunciar, también, a mis criterios a la hora de elegir y vivir mis vacaciones. Una pequeña renuncia que hago con libertad y agradecimiento.

Estas vacaciones serán diferentes a las que había planificado y las quiero vivir como posibilidad que me brinda el Padre, junto a Antonio y Ramón, de compartir durante cinco semanas las esperanzas, los anhelos, las luchas y las alegrías de nuestras hermanas y hermanos de la comunidad parroquial de Trinidad.

Son tiempos muy difíciles para Nicaragua. Son tiempos muy duros para las personas empobrecidas de nuestro mundo. Pero son, también y sobre todo, tiempos de esperanza. Mis vacaciones de este año quiero vivirlas desde esta clave: como un tiempo para compartir la fe, la esperanza y la alegría que el Dios de la Vida me regala cada día; y hacerlo con unas hermanas y hermanos de los que no conozco sus rostros pero a los que me siento íntimamente unida desde la fe y el vínculo inquebrantable de la fraternidad universal.

Hermanas y hermanos de los que sin duda tengo mucho que aprender y a los que quiero conocer para compartir la esperanza en una presencia que nos fundamenta, sostiene, fortalece, impulsa y acompaña. Como hoacista quiero estar especialmente atenta a los problemas, las esperanzas y las luchas de las trabajadoras y los trabajadores de esta localidad. Mostrar la cercanía y la solidaridad de la Iglesia a través de nuestra humilde presencia como militantes de la HOAC.

A Nazaret y Daniela, mis nietas, no les ha gustado que no esté con ellas en julio, como habíamos pensado. Pero cuando les hablo de las razones que me han impulsado a hacerlo les brillan sus ojitos y sonríen. No comprenden bien cuando les digo que voy a compartir con otras «nietitas» y otras personas a las que me siento unida también por los lazos del Amor con mayúsculas. No lo comprenden pero les miro agradecida y convencida de que lo mejor que puedo regalarles es mi testimonio.

Agradezco a Antonio que me adelantara generosamente el dinero para el billete y me ayudara con los diferentes documentos y requisitos que necesitaba tener listos para poder viajar ¡Con cuánta paciencia y ternura llevó mis despistes! «No creo en los milagros», bromeaba divertido cuando se enteró de la fecha en la que caducaba mi pasaporte: ¡faltaban menos de 20 días para el viaje y tenía que solicitar aún el permiso de entrada a los Estados Unidos!

Los milagros sí existen, Antonio, le decía. ¿Cómo no ver el milagro del don de la vida que el Padre Madre me regala cada día; el milagro de su misericordia que me sostiene y su ternura entrañable que me sobrecoge y me une al resto del universo?

Un amor que me une a la humanidad que sufre, que lucha, que sueña y espera la liberación en cualquier lugar de nuestra casa común. El milagro de un amor que me invita siempre a recorrer el camino de las bienaventuranzas y a estar disponible para ser portadora, allí donde vaya, de la misericordia y la ternura de nuestro Dios. También en mis vacaciones.

Por eso, con esta esperanza y alegría viajamos los tres a Nicaragua. Somos tres, pero, en realidad, somos cuatro, porque con Ramón, Antonio y conmigo, va también Jesús. Y es que sabemos que, sin Él, no podemos hacer nada.

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