Resultados de la búsqueda año misericordia

Actividades, Iglesia, Mundo obrero y del trabajo

Alicante: “Año de la misericordia y conversión pastoral”

12 abril 2016

El próximo domingo 17 de abril de 2016 el Secretariado Diocesano de Pastoral Obrera celebra en la Parroquia de San Gabriel de Alicante  el “Encuentro Diocesano de Trabajadores Cristianos” donde se reflexionará y dialogará sobre  el tema: “Año de la misericordia y conversión pastoral. Mirada Compasiva a la Realidad del Mundo Obrero”.

Horario encuentro:

9:30 h Oración y presentación del encuentro
10:00 h Ponencia: “Mirada Compasiva a la Realidad del Mundo Obrero
11:00 h Dialogo
11:30 h Descanso
12:00 h Ponencia: “Año de la misericordia y conversión pastoral.”
12:45 h Dialogo
13:00 h Comunicaciones

·   HOAC Elche “Trabajo Decente

·   Parroquia San Francisco de Elda “La Pastoral Obrera en la Parroquia

13:30 h Oración despedida

Como nos dice el Papa Francisco: “Al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia” (Ángelus del 17 de marzo de 2013).

Es el tiempo de misericordia que necesitan, que esperan y anhelan los empobrecidos. Es el tiempo de la compasión, que nos pone en camino a las “periferias” del mundo obrero. Es tiempo de caminar, hacia las heridas del mundo obrero, de la mano del Dios del consuelo. Es tiempo de hacernos consuelo de Dios. Especialmente este año que quiere ser año de la Misericordia; de la misericordia de Dios con nosotros, y de la nuestra, que se hace compasión, caridad, y justicia para los empobrecidos

 

Plasencia: Recordando a Rovirosa en el Año de la Misericordia

Iglesia

Plasencia: Recordando a Rovirosa en el Año de la Misericordia

24 febrero 2016

El sábado 27 a las 19,00 horas se celebra una eucaristía en la parroquia de Sta Mª de la Esperanza (Plasencia) con motivo del año de la “Misericordia” y del aniversario de la muerte de Guillermo Rovirosa.

Año de la Misericordia y trabajo digno | #Editorial1579

Editoriales

Año de la Misericordia y trabajo digno | #Editorial1579

13 enero 2016

El Año de la Misericordia que celebramos la Iglesia es una llamada a ser misericordiosos como el Padre (Lc 6, 16). El amor concreto a las personas, que se conmueve por la miseria y el sufrimiento del hermano y reacciona para acabar con ese sufrimiento y miseria para que pueda vivir dignamente, que eso es la misericordia, es lo que nos hace humanos y lo que construye una vida social justa y decente. Por eso, en la Bula de Convocatoria del Jubileo Extraordinario de la Misericordia (Misericordiae vultus), el papa Francisco insiste en que la Iglesia «tenemos la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre» (n. 4). Para ello es imprescindible que «abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva nuestro grito y junto podamos romper la barrera de la indiferencia» (n. 15). Unamos, dice Francisco, lo que no se puede separar, justicia y misericordia, sabiendo que el fundamento de la justicia es el amor misericordioso.

El empeño de la HOAC por el trabajo digno, la iniciativa de organizaciones eclesiales Iglesia unida por el trabajo decente, el llamamiento de la Conferencia Episcopal Española en Iglesia, servidora de los pobres a situar como objetivo social fundamental el trabajo digno y estable (n. 32), la insistencia del papa Francisco en devolver la dignidad al trabajo, el empeño de organizaciones sociales, sindicales, por el trabajo decente… ¿qué tienen que ver con el Año de la Misericordia? Tienen todo que ver. Es esencial que vivamos la lucha por el trabajo digno como expresión de la misericordia y camino de misericordia. Porque el mundo obrero y del trabajo, toda nuestra sociedad, lo que más necesita es recorrer el camino de la misericordia, para que sea posible avanzar hacia la vida digna de todos, sin empobrecidos ni excluidos.

La situación que sufre el mundo obrero y del trabajo desempleado, precarizado y empobrecido, es el resultado de la lógica inmisericorde del dominio de la idolatría del dinero, de la rentabilidad y el bienestar individualista. Esa lógica inmisericorde convierte a muchos trabajadores y trabajadoras en descartables, prescindibles, por no ser suficientemente rentables. Y esto, a su vez, es la consecuencia de otro descarte más radical: el del ser humano mismo, como si fuera un producto de usar y tirar, desplazando del primer lugar al ser humano, prescindiendo de nuestra humanidad. Se ha convertido el trabajo, que es parte de nuestro ser como personas, en puro instrumento de la rentabilidad económica y así se ha reducido a la persona trabajadora a la condición de instrumento. De ahí nace la falta de trabajo digno, el desempleo, el empleo precarizado, el empobrecimiento de las personas trabajadoras…

La misericordia sale al paso de esta situación inhumana y deshumanizadora para situar a la persona en primer lugar. La lucha por el trabajo digno es expresión de esa misericordia, camino indispensable para la inclusión social de los pobres y para la afirmación práctica de la sagrada dignidad de la persona, porque sin trabajo digno se pisotea la dignidad humana. La lucha por un trabajo digno lo es por un trabajo en condiciones dignas de la persona, pero también, y mucho más en su raíz, por devolver la dignidad al trabajo mismo, por recuperar lo que el trabajo debe ser: un camino de realización de nuestra humanidad, de construcción de una sociedad humana, no un instrumento despersonalizado de la economía. La lucha por el trabajo digno es la lucha para que podamos trabajar por amor, realizando con el trabajo nuestra humanidad, sirviendo con él a los demás, viviéndolo como un don de la persona a las demás. Como toda actividad humana, el trabajo sin amor no es digno del ser humano.

Para vivificar la lucha por el trabajo digno desde la misericordia necesitamos, ante todo, hacernos cargo de la situación de las personas empobrecidas del mundo obrero y del trabajo. Lo necesitan ellas, lo necesitamos nosotros, lo necesitan las organizaciones sociales y sindicales. Para ello son imprescindibles tres cosas: primero, la exigencia de justicia, que implica la reivindicación de derechos en el trabajo y de trabajo digno para todos; segundo, construir también iniciativas sociales que visibilicen otras formas de trabajar, de hacer funcionar la empresa, de usar los bienes, de vivir la solidaridad…; y por último, más importante aún, vivir compartiendo con los empobrecidos cercanía, solidaridad, comunión, recursos, que nos ayuden a experimentar juntos el calor de la fraternidad y descubrir lo que es crecer en humanidad por ser misericordiosos. La misericordia es lo que más necesitamos.

***

DIÁLOGO Y PARTICIPACIÓN | Este editorial esta abierto a tu valoración. Lo puedes comentar y/o compartir en las redes sociales, a través de la página de la HOAC en Facebook y/o en la cuenta de Twitter. Utilizamos la etiqueta #Editorial1579. También puedes hacer llegar tu opinión al correo electrónico participacion@noticiasobreras.es

 

tantoportanpoco560-05

faldonsumario2-02

Lesbos: El sufrimiento humano hecho frontera

Inmigrantes, Internacional, Paro, pobreza y exclusión

Lesbos: El sufrimiento humano hecho frontera

13 septiembre 2019

Joaquín Sánchez.  | Hemos vuelto a los campos de refugiados en la Isla de Lesbos, a los campos de Moria, que gestiona el Gobierno griego y que es reconocido legalmente, y al campo del Monte de los Olivos que, a pesar de estar pegado, no tiene ese reconocimiento. Es absurda esta división, como todo.

Se basa en una política bien planificada, hecha desde las entrañas de la Unión Europea, para generar condiciones indignas y transmitir el mensaje, el terrible mensaje, de que la gente que viene huyendo del horror de las guerras, de la destrucción y de la muerte,  se van a encontrar en espacios inhumanos y que solo pueden aspirar a una supervivencia mínima y un tiempo lleno de sufrimiento, sin ninguna esperanza ni futuro. Se trata de convertir el sufrimiento, su sufrimiento, en una frontera permanente.  La inhumanidad rige la política, una política vestida de crueldad y sin escrúpulos, una política que mata y asesina, una política que quiere que la ciudadanía sea cómplice desde la indiferencia, el miedo y el egoísmo.

Cuando llegamos, lo primero que observas es que el campo de refugiados del Monte de los Olivos es más extenso, hay más tiendas de campañas, que siguen los muros y las concertinas en Moria, que la gente deambula, miras sus ojos y ves que transmiten una tristeza acumulada día a día, miradas perdidas, vacías de sentido, de no entender por qué la vida les ha hecho eso. «Vengo de enterrar a un hijo y me encierran en un muro grueso con concertinas». Me imagino que en su pensamiento se dirán: ¿Es un delito huir de un país donde he tenido que sacar a uno de mis hijos debajo de los escombros y no quiero enterrar a más hijos? Intentar ponerlos a salvo, ¿es ser unos malos padres? Ellos saben que pueden morir en el trayecto, que el único camino que les han dejado son las mafias, no tienen otra posibilidad, pasan de la muerte segura a la muerte probable y ese pequeñísimo margen, es el margen de la esperanza. ¡Qué decisión más difícil y terrible tienen que tomar! Decía un refugiado –tenía dos hijas– que cómo no iba a huir, sabiendo que si llegaban los terroristas del Estado Islámico violarían a sus hijas y le harían verlo, para después venderlas o degollarlas.

Vimos que las condiciones inhumanas e indignas se mantienen: hacimiento, un campo previsto para unas 3.000 personas donde hay 8.000, la comida, como dicen ellos, vomitiva, tienen que hacer colas de más de tres horas para comer, con el calor que hace, una asistencia médica deficitaria, sin recursos, ni siquiera medicamentos, con pocas actividades para los niños y niñas y nulas para los adultos. Hay muy pocos baños y pocos puntos de agua. Nos decían que este invierno habían muerto varias personas en las tiendas de campaña por el frío. Siguen produciéndose suicidios y hay que añadirle el drama de las mujeres que han sido violadas y que guardan silencio porque sino serían despreciadas y estigmatizadas. Guardan en su corazón que han sido violadas para poder reanudar sus vidas de alguna manera. Violan a una mujer y las hacen sentir culpables, ¡tremendo!

Pero, a pesar de todo este panorama, te sigue sorprendiendo que los refugiados te sigan sonriendo, te acojan en sus tiendas, te invitan a un té y a lo poco que tienen, que te abrazan, que te hacen sentir que somos amigos y parte de su familia. No expresan rechazo a nuestra presencia, todo lo contrario, agradecimiento y nos consuelan cuando les decimos que nos sentimos muy mal porque nosotros nos vamos y ellos se quedan allí y nos dicen que no nos preocupemos por ellos, que volvamos con nuestra familia y amigos y que siempre estaremos en sus vidas.

Cabe destacar la presencia de varias organizaciones y ONGs en el campo de Moria, donde hacen una labor de intentar  aliviar el dolor de esta entrañable gente, sin obviar que siempre hay alguien con maldad, de atender sus  necesidades básicas (comida, sanidad, juegos lúdicos con los niños y niñas…), supliendo la dejadez de la Unión Europea, el Gobierno griego y ACNUR, una dejadez que refleja el desprecio al ser humano. Aquí hay que señalar el gran dilema de atender a la gente y de la denuncia de la injusticia, porque existe la amenaza real de que si denuncian las condiciones serán expulsados del campo. Comentaba una voluntaria que se planteaba cómo ayudar a los refugiados sin ser un engranaje de esa maquinaria que los encierra y los humilla.

Resaltar la Iglesia católica en Mitilene, que da la bienvenida, acoge y crea un espacio humano para que puedan celebrar la fe, sobre todo, los subsaharianos, que van a misa los domingos y que es una celebración llena de fe profunda, de vida y de esperanza. Después de la misa se comparte la mesa. Es una fe que celebra, que vive la solidaridad y la justicia. Nos decían los sacerdotes, con tristeza, que cuando llegan turistas católicos a la misa y ven tanta «gente negra» se salían.

Recojo el testimonio de un a refugiado yemení, de un buen amigo y una bellísima persona, que manifestaba que cuando decidió salir del Yemen, lo hizo por el conflicto bélico, porque se quedó sin presente ni futuro y tomó la decisión más difícil que fue salir, nos dijo que la decisión más fácil hubiera sido quedarse, pero su familia, sobre todo, su madre, lo animó a salir, que era su única esperanza. Nos dijo que cuando llegó a Europa quería tener una vida normal, pero se encontró con mucho rechazo y un rechazo que le hizo mucho daño y que le hizo pensar que había tomado la decisión equivocada, de hecho, había pedido que lo deportaran y poder volver con su familia, pero, le dijeron que era imposible por esa guerra desconocida, por ese bloqueo, que no deja ni siquiera pasar ayuda humanitaria. También nos dijo que su madre le suplicaba que no volviera. Le dije que si guardaba rencor y contestó que no, que el rencor no es bueno, que no hay que dejar que  la violencia y el rencor se apoderen del corazón, que el mundo necesita paz. ¡Qué gran lección de vida!

Para terminar, quiero tener  presente a esa gran cantidad de niños y niñas de estos campos de refugiados, que nos regalaban su sonrisa, su cariño, que enseguida jugaban con nosotros, que cuando te veían al día siguiente, salían corriendo y se abrazaban. Quiero recordar a esa niña que llevaba un pañuelo porque no tenía pelo, posiblemente fuera por el cáncer,  y me pregunto, desde el desgarro del corazón, qué será de estos niños y niñas. Quiero creer que las guerras se terminarán, que los muros de cemento y concertinas caerán, que caerán esos muros invisibles forjados en el racismo, el rechazo a los empobrecidos y el odio, que la gente podrá volver a sus países, porque ellos quieren morir en el país que los vio nacer. Quiero creer que nadie será obligado a salir de su país por la guerra, el hambre y la sed. Pero, para que caigan estos muros, es necesario que renazcan en nuestros corazones la sensibilidad, la conciencia, la acogida y el abrazo.

 

Más información

La HOAC se adhiere al manifiesto #SOSRefugiados: Refugio por Derecho

Con los refugiados en Grecia

Sigue el infierno en el campo de refugiados de Moira

El tiempo pasa y la inhumanidad crece. Joaquín Sánchez, consiliario de la HOAC de Murcia. Noticias Obreras 1613 (diciembre 2018). Página 34. Experiencia

Noticias relacionadas #sugritoelnuestro

■ La HOAC apoya los actos convocados el 16 de marzo para defender los derechos humanos de las personas solicitantes de refugio en Europa

■ Refugiados: una profunda crisis moral | #Editorial1581

■ La HOAC se suma al rechazo del acuerdo anunciado entre la Unión Europea y Turquía sobre los refugiados

■ La HOAC se suma a las movilizaciones del #27FPasajeSeguro para recibir a las personas refugiadas con dignidad

■ Emigrantes y refugiados nos interpelan. La respuesta del Evangelio de la Misericordia

■ Crisis migratoria: «Que su grito se vuelva el nuestro»

Cursos de Verano | Homilía en la Eucaristía

Iglesia

Cursos de Verano | Homilía en la Eucaristía

18 julio 2019

¿Por qué estamos hoy aquí?

Seguro que decimos que porque somos de la HOAC, porque teníamos unos días de vacaciones, porque nos interesaba el tema de los cursos de verano, porque nos gusta Salamanca, porque disfrutamos del encuentro con los hermanos y hermanas, porque disfrutamos de la reflexión, del diálogo, de la oración…, o porque dónde vamos a ir que estemos mejor y nos den tanto por tan poco…

Quizá porque estos días nos permiten hacer un corte con la dinámica habitual, que a veces, nos puede cansar. Y experimentamos también estos días como una posibilidad de descanso. En el Evangelio, el Señor nos invita también a descansar.

Pero, en el fondo, si releemos el texto del Éxodo1 que hemos proclamado, estamos aquí, como en todos los lugares y momentos de nuestra vida, porque somos enviados por Dios. Nuestra vida es envío, es misión. No estamos enzarzados en ella solo por gusto, o por decisión personal, sino porque hemos recibido una llamada, un mandato: el Señor, Dios de nuestros padres nos envía. Y, con toda libertad, hemos querido responder a esa llamada haciendo que transforme nuestra vida en una misión. Somos, como Moisés, misión de Dios, y descubrimos que nuestra vida adquiere sentido cuando la vivimos así, como una misión, reconociendo que somos misión en este mundo.

Una misión salvadora, liberadora. Una misión que es respuesta de Dios al sufrimiento del pueblo. Dios oye el lamento del pueblo, ve su sufrimiento, y nos envía, en medio de ellos, para hacernos portadores de su salvación, de su liberación –no de la nuestra–, de su esperanza, de su vida.

El papa Francisco en su homilía del pasado 8 de julio, en Lampedusa, dijo:

En este sexto aniversario de mi visita a Lampedusa, pienso en los “últimos” que todos los días claman al Señor, pidiendo ser liberados de los males que los afligen. Son los últimos engañados y abandonados para morir en el desierto; son los últimos torturados, maltratados y violados en los campos de detención; son los últimos que desafían las olas de un mar despiadado; son los últimos dejados en campos de una acogida que es demasiado larga para ser llamada temporal. Son solo algunos de los últimos que Jesús nos pide que amemos y ayudemos a levantarse. Desafortunadamente, las periferias existenciales de nuestras ciudades están densamente pobladas por personas descartadas, marginadas, oprimidas, discriminadas, abusadas, explotadas, abandonadas, pobres y que sufren. Con el espíritu de las Bienaventuranzas, estamos llamados a consolarlas en sus aflicciones y a ofrecerles misericordia; a saciar su hambre y sed de justicia; a que sientan la paternidad amorosa de Dios; a mostrarles el camino al Reino de los Cielos. ¡Son personas, no se trata solo de cuestiones sociales o migratorias! “No se trata solo de migrantes”, en el doble sentido de que los migrantes son antes que nada seres humanos, y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada.

Como entonces, Dios ve y oye, y se le conmueven las entrañas con el sufrimiento del pueblo. Y, como entonces, nos envía. Para acompañar, para curar, para aliviar, para emprender junto con los hombres y mujeres del mundo obrero, y con toda la Iglesia, ese camino de liberación que nos lleva de la esclavitud a la alianza; de la opresión a la humanización, de la esclavitud a la fraternidad y a la comunión. Una alianza que genera nuevas relaciones con Dios, con toda la humanidad, con la creación; una alianza de vida, para hacer posible la vida con otra manera de pensar, de sentir, de trabajar, y de vivir.

Y nos pone a caminar con ellos. Hemos venido porque Dios nos sigue enviando.

La alianza que Dios hace

Con el salmo responsorial2 hemos dado gracias a Dios por ello. Porque sigue recordando su alianza, porque nos envía, para que hagamos sus signos y porque, para ello, nos cambia el corazón.

Este año nuestros cursos de verano van de eso, precisamente: de cambiar el corazón, de cambiar la mentalidad, la manera de pensar pero, sobre todo, la manera de sentir, para ponernos en su misma clave: para pensar como él. Para descubrir que, en su manera de amar este mundo, de amar a cada ser vivo, nos muestra el camino de la misericordia que podemos recorrer también nosotros para construir el reino de Dios y la nueva humanidad.

Cargad con mi yugo

Y eso pasa por nuestra conversión, pasa por estar dispuestos a cargar con su yugo3, pasa por configurar nuestra vida con la suya, para aprender de su mansedumbre y humildad.

Cambiar de mentalidad, hoy, pasa, necesariamente por convertir nuestro corazón.

Bienaventurados los mansos, nos dirá Jesús, porque ellos heredarán la tierra.

La mansedumbre es una valentía sin violencia, una fuerza sin dureza, un amor sin cólera. Es una descripción del Jesús de los Evangelios, ¿no? Hoy podríamos traducir por bienaventurados los humildes, los que saben indignarse y convertir esa indignación en amor. La mansedumbre sostiene la imposibilidad de pactar con la mentira, con la injusticia, con el cinismo.

Es lo contrario de la pasividad, un verdadero dinamismo que nos lleva a canalizar nuestras fuerzas demasiado impulsivas, nuestras impaciencias. Es la que nos pone del lado de los pobres para tratar de ser mansamente su hermano, solidario con ellos.

El manso es el que no pone en primer plano sus derechos humanos, sino los de los demás, aún a costa de los suyos. Se hace sujeto de deberes.

La mansedumbre es capaz de transformar el poder en servicio; nos hace capaces de “dar la vida, para que otros tengan vida”.

Los verdaderos mansos son los que aceptan no poseer a Dios, los que renuncian a la tentación de hacerse como dioses. Son los que no tratan de enmendar la plana a la providencia. La recompensa de la mansedumbre es una realidad inclusiva en la que nadie queda eliminado, sino que es respetada la identidad de cada uno. La apuesta es por el encuentro, sin dejar de ser lo que somos.

Rovirosa encuentra en esa bienaventuranza el sentido de la humildad que estamos llamados a vivir en la HOAC:

Jesús, cuando se nos presenta como Maestro nos dice que aprendamos de Él la humildad y la mansedumbre de corazón, y no nos dice que aprendamos la pobreza. La humildad es una pieza fundamental del cristianismo, a la que todo lo demás tiene que referirse. Así se dice que en el infierno hay condenados que han practicado todas las demás virtudes, pero no hay ningún humilde.4

Por eso estamos aquí, para aprender de Jesús su humildad y mansedumbre, para crecer en ese estilo de vida siguiéndole, para que así podamos seguir dejándonos enviar por el Señor, para acompañar a nuestras hermanas y hermanos a construir esa nueva cultura de la fraternura humana. Para renovar nuestra alianza de amor con Dios. Para seguir dejándonos enviar por el Señor, que sigue oyendo el lamento de su pueblo.

Para, junto al pan y al vino, ofrecer nuestra vida, y pedir, una vez más a Dios que la acepte, y la transforme. Y agradecer a Dios que, en su Misericordia sigue contando con nosotros. 

1 Ex 3,13-20: Soy el que soy. «Yo soy» me envía vosotros.

 En aquellos días, Moisés, después de oír la voz del Señor desde la zarza ardiendo, le replicó:
—Mira, yo iré a los israelitas y les diré: el, Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntan cómo se llama este Dios, ¿qué les respondo?

Dios dijo a Moisés:
—«Soy el que soy». Esto dirás a los israelitas: «Yo-soy» me envía a vosotros.

Dios añadió:
—Esto dirás a los israelitas: el Señor Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación.

Vete, reúne a los ancianos de Israel y diles: El Señor Dios de vuestros padres se me ha aparecido, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, y me ha dicho: os estoy observando a vosotros y cómo os tratan en Egipto. He decidido sacaros de la opresión egipcia y llevaros al país de los cananeos, hititas, amorreos, fereceos, heveos y jebuseos, a una tierra que mana leche y miel.

Ellos te harán caso; y tú, con los ancianos de Israel, te presentarás al rey de Egipto y le dirás: El Señor Dios de los hebreos nos ha encontrado, y nosotros tenemos que hacer un viaje de tres jornadas por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor nuestro Dios.

Yo sé que el rey de Egipto no os dejará marchar ni a la fuerza, pero yo extenderé la mano, heriré a Egipto con prodigios que haré en medio de él, y entonces os dejará marchar.

2 Sal 104, 1.5.8-9.24-25.26-27: El Señor se acuerda de su alianza eternamente. 

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas a los pueblos.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca.

Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac.

Dios hizo a su pueblo muy fecundo,
más poderoso que sus enemigos.
A éstos les cambió el corazón
para que odiasen a su pueblo,
y usaran malas artes con sus siervos.

Pero envió a Moisés su siervo,
y a Aarón su escogido:
que hicieron contra ellos sus signos,
prodigios en la tierra de Cam.

3 Mt 11, 28-30: Soy manso y humilde de corazón.

En aquel tiempo, exclamó Jesús:
—«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

4 Guillermo Rovirosa. Obras Completas, Tomo I, pág. 149.

Francisco: «Los migrantes son antes que nada seres humanos y hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada»

Iglesia

Francisco: «Los migrantes son antes que nada seres humanos y hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada»

08 julio 2019

Celebración eucarística presidida por el papa Francisco en el aniversario de la visita a Lampedusa.

Hoy la Palabra de Dios nos habla de salvación y liberación.

Salvación. Durante su viaje desde Berseba a Jarán, Jacob decide detenerse y descansar en un lugar solitario. Tuvo un sueño en el que vio una escalera apoyada en la tierra y cuya cima tocaba el cielo (cf. Gn 28, 10-22). La escalera, por la que los ángeles de Dios subían y bajaban, representa la unión entre lo divino y lo humano, que se cumplió históricamente en la encarnación de Cristo (cf. Jn 1, 51), una ofrenda amorosa de revelación y salvación por parte del Padre. La escalera es una alegoría de la iniciativa divina que precede a todo movimiento humano. Es la antítesis de la torre de Babel, construida por hombres que con sus propias fuerzas querían alcanzar el cielo para convertirse en dioses. En este caso, por el contrario, es Dios quien “baja”, es el Señor quien se revela a sí mismo, es Dios quien salva. Y el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, cumple la promesa de que el Señor y la humanidad se pertenezcan mutuamente, en el signo de un amor encarnado y misericordioso que da la vida en abundancia.

Frente a esta revelación, Jacob realiza un acto de entrega al Señor, que se traduce en un compromiso de reconocimiento y adoración que marca un momento esencial en la historia de la salvación. Le pide al Señor que lo proteja en el difícil viaje que tendrá que proseguir y dice: «El Señor será mi Dios» (Gn 28, 21).

Como un eco de las palabras del patriarca, hemos repetido en el Salmo: «Dios mío, confío en ti». Él es nuestro refugio y fortaleza, nuestro escudo y armadura, ancla en los momentos de prueba. El Señor es refugio para los fieles que lo invocan en la tribulación. Por lo demás, precisamente en estas situaciones es donde nuestra oración se vuelve más pura, cuando nos damos cuenta de que las seguridades que ofrece el mundo valen poco y no nos queda más que Dios. Sólo Dios abre el Cielo al que vive en la tierra. Sólo Dios salva.

Y este confiar de modo total y extremo es lo que une al jefe de la sinagoga y a la mujer enferma en el Evangelio (cf. Mt 9, 18-26). Son episodios de liberación. Ambos se acercan a Jesús para obtener de él lo que ningún otro les puede dar: la liberación de la enfermedad y la muerte. Por una parte, tenemos a la hija de una de las autoridades de la ciudad; por otra, tenemos a una mujer que padece una enfermedad que la convierte en una excluida, una marginada, una persona impura. Pero Jesús no hace distinciones: la liberación se concede generosamente en ambos casos. La necesidad coloca a las dos, a la mujer y a la niña, entre esos “últimos” que hay que amar y levantar.

Jesús revela a sus discípulos la necesidad de una opción preferencial por los últimos, que han de ser puestos en el primer lugar en el ejercicio de la caridad. Son muchas las pobrezas de hoy; como escribió san Juan Pablo II, los «“pobres”, en las múltiples dimensiones de la pobreza, son los oprimidos, los marginados, los ancianos, los enfermos, los pequeños y cuantos son considerados y tratados como los “últimos” en la sociedad» (Exhort. ap. Vita consecrata, 82).

En este sexto aniversario de mi visita a Lampedusa, pienso en los “últimos” que todos los días claman al Señor, pidiendo ser liberados de los males que los afligen. Son los últimos engañados y abandonados para morir en el desierto; son los últimos torturados, maltratados y violados en los campos de detención; son los últimos que desafían las olas de un mar despiadado; son los últimos dejados en campos de una acogida que es demasiado larga para ser llamada temporal. Son sólo algunos de los últimos que Jesús nos pide que amemos y ayudemos a levantarse.

Desafortunadamente, las periferias existenciales de nuestras ciudades están densamente pobladas por personas descartadas, marginadas, oprimidas, discriminadas, abusadas, explotadas, abandonadas, pobres y sufrientes. En el espíritu de las Bienaventuranzas, estamos llamados a consolarlas en sus aflicciones y a ofrecerles misericordia; a saciar su hambre y sed de justicia; a que sientan la paternidad premurosa de Dios; a mostrarles el camino al Reino de los Cielos. ¡Son personas, no se trata sólo de cuestiones sociales o migratorias! “No se trata sólo de migrantes”, en el doble sentido de que los migrantes son antes que nada seres humanos, y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada.

Aparece como algo natural el retomar la imagen de la escalera de Jacob. En Jesucristo, la conexión entre la tierra y el cielo es segura y accesible para todos. Pero subir los escalones de esta escalera requiere compromiso, esfuerzo y gracia. Hay que ayudar a los más débiles y vulnerables. Me gusta pensar, entonces, que podríamos ser nosotros aquellos ángeles que suben y bajan, tomando bajo el brazo a los pequeños, los cojos, los enfermos, los excluidos: los últimos, que de otra manera se quedarían atrás y verían sólo las miserias de la tierra, sin descubrir ya desde este momento algún resplandor del cielo.

Esta es, hermanos y hermanas, una gran responsabilidad, de la que nadie puede estar exento si queremos llevar a cabo la misión de salvación y liberación a la que el mismo Señor nos ha llamado a colaborar. Sé que muchos de vosotros, que habéis llegado hace tan sólo unos meses, ya estáis ayudando a los hermanos y hermanas que han venido recientemente. Quiero agradeceros este hermoso signo de humanidad, gratitud y solidaridad.

Fuente | Vatican.va

Verano para compartir fe, esperanza y alegría

Colaboraciones

Verano para compartir fe, esperanza y alegría

24 julio 2018

Fefi Valerón | Había ideado un plan perfecto para este verano, una vez finalizado el curso. Disfrutaría de mis nietas y procuraría ir a los Cursos de Verano de la HOAC. Pero algo trastocó mis planes.

Lo primero que haría sería disfrutar de dos semanas con Nazaret y Daniela, mis nietas. Lo segundo, mirar las fechas de los Cursos de Verano de la HOAC de este año para unirme al grupo de militantes que viajaríamos desde Canarias.

Aprovechando que se celebran en Salamanca pensaba participar en los cursos y prolongar una semana más mi estancia en la ciudad para disfrutar de sus numerosas ofertas culturales y, también, descansar. Me veía llamando a mi entrañable y querido Àlvar para comentarle la posibilidad de preparar un pequeño sketch para la fiesta habitual de cada edición.

Iba encontrarme con los rostros queridos de tantos y tantas militantes y compartir besos y abrazos; disfrutar juntos de este espacio, participando y compartiendo días entrañables de oración, reflexión y profundización que nos ofrece la HOAC. Esto ocurría en enero. En febrero mi plan no me pareció tan perfecto. Mejor dicho, cambió totalmente.

Durante la Asamblea Diocesana de Canarias, coincidí en la mesa con Loli y Antonio. Mientras compartíamos el almuerzo, Antonio me habló de su intención de viajar a Trinidad, en el departamento de Estelí, en Nicaragua, lugar en el que estuvo ya el verano pasado.

Me hablaba con alegría de la llamada que siente para ir a la misión ad gentes. En un momento dado, Loli, conocedora también de mi vena misionera, me comentó si me gustaría acompañar a Antonio. Pregunté por el proyecto y la tarea que se realiza allí. En principio, el objetivo es estar disponibles para lo que demanden. Sus palabras se quedaron grabadas en mi mente: «Vamos para estar disponibles…».

Disponibilidad, una palabra que evoca otra Palabra y me recuerda la actitud interior con la que quiero estar en el mundo; Palabra presente en mi proyecto personal de vida militante y que quiero acoger en mi corazón como luz que guíe el resto de mi andadura en esta tierra.

La llamada a cambiar los planes de vacaciones se iba haciendo hueco en mí. Cuando Antonio me llamó, ya en abril, le dije que sí sin dudarlo. Con alegría, comprendía poco a poco por qué me costó tan poquito cambiar mi plan. La disponibilidad que quiero vivir como seguidora de Jesús de Nazaret comporta renunciar, también, a mis criterios a la hora de elegir y vivir mis vacaciones. Una pequeña renuncia que hago con libertad y agradecimiento.

Estas vacaciones serán diferentes a las que había planificado y las quiero vivir como posibilidad que me brinda el Padre, junto a Antonio y Ramón, de compartir durante cinco semanas las esperanzas, los anhelos, las luchas y las alegrías de nuestras hermanas y hermanos de la comunidad parroquial de Trinidad.

Son tiempos muy difíciles para Nicaragua. Son tiempos muy duros para las personas empobrecidas de nuestro mundo. Pero son, también y sobre todo, tiempos de esperanza. Mis vacaciones de este año quiero vivirlas desde esta clave: como un tiempo para compartir la fe, la esperanza y la alegría que el Dios de la Vida me regala cada día; y hacerlo con unas hermanas y hermanos de los que no conozco sus rostros pero a los que me siento íntimamente unida desde la fe y el vínculo inquebrantable de la fraternidad universal.

Hermanas y hermanos de los que sin duda tengo mucho que aprender y a los que quiero conocer para compartir la esperanza en una presencia que nos fundamenta, sostiene, fortalece, impulsa y acompaña. Como hoacista quiero estar especialmente atenta a los problemas, las esperanzas y las luchas de las trabajadoras y los trabajadores de esta localidad. Mostrar la cercanía y la solidaridad de la Iglesia a través de nuestra humilde presencia como militantes de la HOAC.

A Nazaret y Daniela, mis nietas, no les ha gustado que no esté con ellas en julio, como habíamos pensado. Pero cuando les hablo de las razones que me han impulsado a hacerlo les brillan sus ojitos y sonríen. No comprenden bien cuando les digo que voy a compartir con otras «nietitas» y otras personas a las que me siento unida también por los lazos del Amor con mayúsculas. No lo comprenden pero les miro agradecida y convencida de que lo mejor que puedo regalarles es mi testimonio.

Agradezco a Antonio que me adelantara generosamente el dinero para el billete y me ayudara con los diferentes documentos y requisitos que necesitaba tener listos para poder viajar ¡Con cuánta paciencia y ternura llevó mis despistes! «No creo en los milagros», bromeaba divertido cuando se enteró de la fecha en la que caducaba mi pasaporte: ¡faltaban menos de 20 días para el viaje y tenía que solicitar aún el permiso de entrada a los Estados Unidos!

Los milagros sí existen, Antonio, le decía. ¿Cómo no ver el milagro del don de la vida que el Padre Madre me regala cada día; el milagro de su misericordia que me sostiene y su ternura entrañable que me sobrecoge y me une al resto del universo?

Un amor que me une a la humanidad que sufre, que lucha, que sueña y espera la liberación en cualquier lugar de nuestra casa común. El milagro de un amor que me invita siempre a recorrer el camino de las bienaventuranzas y a estar disponible para ser portadora, allí donde vaya, de la misericordia y la ternura de nuestro Dios. También en mis vacaciones.

Por eso, con esta esperanza y alegría viajamos los tres a Nicaragua. Somos tres, pero, en realidad, somos cuatro, porque con Ramón, Antonio y conmigo, va también Jesús. Y es que sabemos que, sin Él, no podemos hacer nada.

faldon portada y sumario

tantoportanpoco560-05

faldonsumario2-02

Cursos de Verano | Homilía en la Eucaristía

Iglesia

Cursos de Verano | Homilía en la Eucaristía

19 julio 2018

Soy manso y humilde de corazón.
Mt 11, 28-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús:
—«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Venid a mí.

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados…” Y nosotros, escuchando esta invitación del Señor acudimos a su encuentro en esta Eucaristía de los cursos de verano de la HOAC. Hemos acudido a su descanso en estas jornadas. Nuestros cursos de verano siempre tienen esa dimensión múltiple del encuentro humano y afectivo, del trabajo, y del descanso. Descanso de los trabajos realizados. Encuentro de quienes venimos de trabajar en la viña del Señor. Encuentro entre nosotros y encuentro con el Señor que nos llama y nos acoge. Encuentro de evangelizadores y descanso de quienes sabemos que a nosotros nos toca sembrar, pero es el Señor quien se encarga de darle crecimiento. Nos lo ha recordado el profeta Isaías (26,7-9.12.16-19) en la primera lectura: Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú.

Venimos sabedores de que no hay descanso sin trabajo previo. Traemos con nosotros nuestros cansancios del curso; yo, al menos, traigo unos cuantos. Traemos los nuestros y los de la gente, también los cansancios del mundo obrero; los de nuestras hermanas y hermanos, los de quienes acompañamos cada día en nuestra vida, en su vida. Cansancios que imponen los ritmos inhumanos de vida en que nosotros también nos dejamos atrapar muchas veces.

El trabajo fatiga. ¡Qué bien tener un trabajo digno en el que poder cansarnos! Un trabajo decente que adquiere su pleno sentido en el descanso y en la fiesta que nos permite contemplar la obra de nuestras manos. El descanso es una ampliación de la mirada que permite volver a reconocer los derechos de los demás. Así, el día de descanso, cuyo centro es la Eucaristía, derrama su luz sobre la semana entera y nos motiva a incorporar el cuidado de la naturaleza y de los pobres. (LS 237)

No obstante, cuando en el ser humano se daña la capacidad de contemplar y de respetar, se crean las condiciones para que el sentido del trabajo se desfigure. (LS 127) El no tenerlo, o tenerlo indecente, fatiga aún más. ¡Qué duro no poder cansarse en el trabajo, por no tenerlo! ¡Qué duro el cansancio deshumanizador del trabajo precario, del trabajo indigno, indecente, informal, mal pagado, sin derechos…! ¡Qué duro el cansancio de buscar trabajo sin descanso, y no encontrarlo!

Hay cansancios y cansancios. Los hay vitales, de quien ha perdido sentido, horizonte, utopía y esperanza. Los hay cotidianos, de quien se encuentra cada día con la sensación de enfrentar una cuesta interminable, con solo las propias fuerzas.

Los hay fruto de sentir que la injusticia parece vencer siempre abrumadoramente, sin remedio. Los hay desesperados. Y los hay también evitables, porque son fruto simplemente de nuestra necedad.

Y, además, también los hay compartidos, necesarios, hacedores de vida, los que son fruto del trabajo evangelizador y humanizador, los que van sembrando, y alumbrando un nuevo mañana; los que se empeñan en construir fraternidad y justicia en la vida cotidiana, en el trabajo humano. ¡Que mi cansancio, -decía, a veces, san Francisco, cuando llegaba agotado a la noche- sea mi oración, Señor!

Precisamente porque caminamos con nuestros hermanos y hermanas podemos percibir, con la misma sensibilidad de Jesús, los cansancios de sus vidas. Podemos darnos cuenta del agobio en que se desenvuelve sus vidas muchas veces, de la desesperanza, de la desilusión que conlleva la manera de vivir que este mundo nos ofrece, que nos exprime hasta agotarnos vitalmente. Podemos darnos cuenta de la deshumanización que envuelve sus vidas y, también, a veces, la nuestra.

En los esquemas de este mundo nuestro no es fácil descansar. Unos no pueden, y otros no saben. Descansar es reconciliarse con la vida, disfrutar del regalo de la existencia, reencontrarnos con lo mejor de nosotros mismos, con lo que hay de Dios en nosotros. Para eso necesitamos salir de nuestro egoísmo y abrirnos a la vida y a las personas, abrirnos al sufrimiento ajeno. Necesitamos librarnos de las angustias egoístas y las mil complicaciones insensatas que nos creamos con este modo de vivir que tantas veces nos atrapa.

La mirada del Señor percibe nuestros cansancios. Los cansancios del mundo obrero.

En la mirada del Señor es una mirada compasiva capaz de darse cuenta de los trasfondos vitales. Jesús es capaz, mirando a la gente, de darse cuenta de que esta manera de vivir de nuestra sociedad provoca el agobio y el cansancio. Nos muestra una manera de mirar la vida que permite descubrir cómo recorremos caminos que no conducen a la Vida. También hoy nosotros nos podemos sentir mirados así. Y en esa mirada sentirnos acogidos. No estamos solos en nuestras faenas ni en nuestros cansancios: todas nuestras empresas nos las realizas tú…

Y también esa es la mirada que reclama y necesita de nosotros la Iglesia y el mundo obrero. Hemos de recorrer con él un camino de mirada y misericordia entrañable, que nos lleve a transitar senderos de justicia, en los que sembrar el Evangelio en la vida de los hombres y mujeres del mundo obrero y del trabajo. Hemos de mostrar desde la cercanía encarnada el rostro sufriente de Cristo que nos sigue preguntando ¿Dónde está tu hermano? Y hemos de dar, con nuestra vida, respuesta a esta pregunta que el Señor nos hace. La respuesta que nace cuando nos dejamos atrapar por el amor de Dios y nos dejamos enviar por Él a vivir el evangelio en medio de la vida obrera; cuando se acompaña la vida de las personas por amor, porque en ellas reconocemos a Cristo: en sus luchas y esperanzas, en sus trabajos y alegrías, en sus penas y en sus sueños de vida plenamente humana.

Nuestro descanso es el Señor. Él es el descanso del mundo obrero.

Acertar a abrirnos a Dios es encontrar el verdadero descanso. Tendremos que admitir que no hemos aprendido del todo esta lección, porque no conocemos aún al Padre ni al Hijo. “Venid a mí”, nos propone Jesús. Para caminar con él, para llevar su carga, para pensar y sentir como él, para trabajar con él y vivir en él. Para descubrir otra manera de vivir que nos humaniza, que abre camino al Reino de Dios, que ofrece horizonte y esperanza, que da sentido a nuestra vida y a nuestro cansancio, porque lo llena de amor.

El amor no cansa, o es otro cansancio distinto. Es el cansancio que merece la pena, porque se hace donación, gesto de entrega, gesto de vida, comunión, semilla plantada. Es el cansancio del trabajo que se hace por amor, y ya decía san Juan de la Cruz que “el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa”.

Nuestro descanso es el Señor. En él hallamos sosiego y reposo, pero también la fuente desde la que vivir nuestro trabajo como amor y donación. Jesús nos propone aprender de él –manso y humilde corazón- para encontrar nuestro descanso. La mansedumbre es otra expresión de la pobreza interior, de quien deposita su confianza solo en Dios. Los mansos, más allá de lo que digan las circunstancias, esperan en el Señor, y los que esperan en el Señor poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz (cf. Sal 37,9.11). Al mismo tiempo, el Señor confía en ellos: «En ese pondré mis ojos, en el humilde y el abatido, que se estremece ante mis palabras» (Is 66,2). Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad. (GE 74)

Mi yugo es llevadero.

Cargar con su yugo comporta hacerlo con su misma mansedumbre y humildad de corazón.

La propuesta del Señor siempre nos descoloca. No es la que esperaríamos: si estás cansado pásame tu carga y yo la llevo. Te descargo. No. Es justo lo contrario: Carga tú, pero con mi yugo y mi carga, que es llevadera, que es ligera. Él se hace nuestra carga, para encargarse de nosotros. Para descansar no tenemos que dejar de trabajar por el Reino, solo cambiar la carga, cargar con el hermano.

No somos salvadores de nadie, sino que nos hacemos cauce de salvación. Es la propuesta de vida de Jesús, es su gesto de entrega por amor el que salva, no nosotros. No salvan nuestros proyectos, programas y planes. Salva el amor entregado de Dios. Salva el amor que nos hace orientar nuestra vida a construir el Reino: reino de paz y justicia, reino de vida y amor, un Reino que solo se construye con las mismas actitudes de Cristo, con su vida.

Saldremos a la calle

Para seguir mirando la vida del mundo obrero del mismo modo que la mira Jesús. Para escuchar y acoger el cansancio de todos los trabajadores, y para hacernos, acompañando sus vidas, cauce de encuentro entre ellos y Jesucristo, para ofrecerles ese descanso en el Señor. Lo mejor que podemos ofrecer a nuestras hermanas y hermanos del mundo obrero es Jesucristo. Si de algo tuviéramos que cansarnos es de no dejar de ofrecernos del todo para que otros puedan vivir, de recorrer cada día nuestro camino de santidad.

Para poder ofrecer a Cristo a nuestros hermanos y hermanas lo recibimos nosotros, hecho pan partido y vino compartido; hecho alimento y fiesta de fraternidad. Venid a mí y encontraréis vuestro descanso.

Fernando C. Díaz Abajo, consiliario general de la HOAC.

Declaración final de la Asamblea General de Cáritas Española

Iglesia

Declaración final de la Asamblea General de Cáritas Española

04 julio 2017

La LXXIV Asamblea General de Cáritas Española, celebrada en la localidad madrileña de El Escorial los días 30 de junio y 1 de julio de 2017, aprobó una Declaración Final en la que se expresa “un ser y hacer comprometidos con la caridad y la justicia social”.

 “La Iglesia nos llama al compromiso social. Un compromiso social que sea transformador de las personas y de las causas de las pobrezas, que denuncie la injusticia, que alivie el dolor y el sufrimiento y sea capaz también de ofrecer propuestas concretas que ayuden a poner en práctica el mensaje transformador del Evangelio y asumir las implicaciones políticas de la fe y de la caridad”.

—Pablo VI, Populorum progressio, 75

Proclamando juntos “la grandeza del Señor” y expresando “la alegría de nuestro espíritu en Dios nuestro Salvador”, los representantes de las 70 Cáritas Diocesanas que integran la Confederación Cáritas en España hemos reflexionado en este encuentro anual sobre los signos de esperanza y los síntomas de incertidumbre que compartimos a diario con los cientos de miles de personas que acompañamos en nuestra red estatal de acogida e inserción.

El nuevo ciclo económico iniciado hace tres años ofrece motivos para el optimismo, porque la evolución positiva de algunos indicadores socioeconómicos tiene relación directa con la situación concreta y cotidiana de muchas personas. Ahora bien, cuando los dramáticos efectos de la crisis parecen desdibujarse de las preocupaciones ciudadanas, queremos llamar la atención sobre la rigurosa constatación que acaba de hacer pública la Fundación FOESSA de que 7 de cada 10 hogares no perciben todavía que los efectos de la recuperación económica les hayan llegado.

Somos testigos directos de cómo muchas familias siguen padeciendo las consecuencias de unas condiciones de precariedad que, como venimos alertando desde hace tiempo, son el resultado directo de nuestro modelo socioeconómico.

Con el inicio de un nueva etapa de recuperación y crecimiento, vuelve a inquietarnos el riesgo de que se repitan errores pasados, siga sin incidirse de raíz en los fallos estructurales de la desigualdad y, bajo la euforia de la poscrisis, una parte de la sociedad quede relegada y continúe sin tener garantizados sus derechos básicos.

Nos preocupa que se consolide en la ciudadanía la idea de que la pobreza es algo natural y de que el hecho escandaloso de que millones de personas permanezcan por debajo del umbral de la pobreza, acuciadas por las condiciones de precariedad y abocadas a un futuro lleno de incertidumbres, forma parte del paisaje inevitable de la cuarta economía de la zona euro.

Reafirmamos, por ello, cuando se cumplen 70 años de la creación de nuestra institución, un ser y hacer de Cáritas comprometidos con la caridad y la justicia social. Con una caridad, que para servir a la exigencia de calidad, necesita de la profundidad de la denuncia social y de la propuesta de un modelo social orientado hacia la transformación de la realidad y la defensa del derecho de todos a acceder al bien común en una Casa que es de todos.

Esta demanda de avanzar en la opción preferencial y evangélica por los pobres es un mandato que nos lanzan tanto nuestros obispos como las personas que acompañamos y la amplia base social de voluntarios, socios y donantes que hacen posible la misión de Cáritas como servicio organizado de la caridad dentro de la Iglesia. Es, además, una opción inspirada en el magisterio de la Doctrina Social de la Iglesia, donde la respuesta fraterna a las víctimas de la cultura del descarte alimentada por el culto al “dios dinero” tiene un carácter integral.

Como expresión de una Iglesia auténticamente samaritana, no podemos desarrollar una acción de acogida y acompañamiento a las personas excluidas sin esforzarnos, al mismo tiempo, por añadirle las exigencias de la denuncia, la transformación de la realidad y la opción por la justicia social.

Somos conscientes de que investigar, en una etapa de crecimiento económico como la actual, la realidad de pobreza, y poner voz y rostro a las necesidades de los cientos de miles de personas que acompañamos resulta un relato incómodo, tanto para los poderes públicos como para algunos analistas políticos y líderes de opinión.

La nuestra no es una misión coyuntural. El único contrato suscrito por Cáritas es el de la lucha contra la pobreza y la defensa de la dignidad de las personas. Es una empresa a la que seguimos convocando a toda la ciudadanía, al conjunto de los agentes sociales, a los poderes públicos y a los medios de comunicación social.

Para Cáritas, la toma de partido contra la pobreza no puede quedar restringida a una opción temporal o privada: es también una acción comunitaria desarrollada en el centro mismo de la vida pública, que sólo tendrá éxito si se fortalece el tejido social y la participación de todos en cada uno de los ámbitos democráticos y asociativos.

Cuando parecemos recrearnos en la salida de la crisis y el cambio de tendencia económica, hacemos un llamamiento a la comunidad cristiana y a la ciudadanía a tomar conciencia de las zonas en sombra en la que permanecen muchos ciudadanos. Invitamos, una vez más, a replantearnos el modelo de sociedad que queremos construir y las oportunidades por las que estamos dispuestos a trabajar para transformar la realidad en nuestros barrios, en nuestras comunidades y en cada uno de los espacios de participación pública en los que intervenimos.

La nuestra es una invitación a involucrarse en la construcción de un modelo social acogedor, auténticamente fraterno, accesible para todos y basado en un crecimiento económico respetuoso con la Creación, sin excluidos ni empobrecidos.

Desde nuestra experiencia y desde la misericordia inspirada en las realidades de frontera donde intervenimos, asumimos el riesgo de incomodar, de ser “piedra de escándalo y signo de contradicción”, de ser desacreditados por asumir la misión de ser testigos del Evangelio y compañeros de los pobres, como lo son especialmente los más de 84.000 voluntarios y voluntarias que ponen su vida y sus anhelos en compartir ese camino.

Frente a la tentación de un discurso centrado en el individualismo, en el que cada uno debe ser el único garante de su propio bienestar, nuestra propuesta es la comunidad.

Frente al debilitamiento de las políticas públicas, nuestra propuesta es la de que sean fortalecidas, porque las Administraciones son las garantes de los derechos fundamentales.

Frente a un modelo de sociedad de consumo donde el mercado se concibe como el único espacio donde satisfacer toda necesidad, nuestra propuesta es la lógica del don y la caridad dentro de una Iglesia en salida, en las periferias y comprometida en el servicio a los últimos.

Frente a la apuesta por el crecimiento constante y a cualquier precio, reafirmamos nuestro concepto de desarrollo humano integral que, ahora que se cumple el 50 aniversario de la encíclica Populorum progressio, pasa por el reconocimiento de la dignidad y la construcción del bien común.

Frente al sufrimiento de miles de refugiados y de todos aquellos que se ven obligados a migrar para proteger su dignidad, nuestra propuesta es la de acoger al hermano y reconocer sus derechos y sus capacidades, sin distinciones entre “ellos y nosotros”.

Y frente a una lógica de desarrollo basado en el uso irresponsable de los bienes que Dios ha puesto a nuestra disposición en «la hermana nuestra madre tierra», proponemos un modelo de cooperación internacional fraterna orientado a «proteger nuestra casa común y unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral» para todas las personas, como señala el papa Francisco en Laudato sí’.

Este objetivo es especialmente urgente para nuestros hermanos acosados por la precariedad en Venezuela, Sudán del Sur o el Cuerno de África, a quienes acompañamos con nuestra cercanía y solidaridad. Junto a ellos y los hermanos de todos los países donde estamos comprometidos en la lucha contra la pobreza, compartimos su tenacidad admirable para, a pesar de las angustias provocadas por sus actuales circunstancias, construir oportunidades para la paz que “ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad” (Juan XXIII, Pacem in terris).

Nuestra misión evangelizadora como acción caritativa y social de una Iglesia pobre y para los pobres, nos lleva a renovar en esta Asamblea la voluntad de seguir avanzando en una acción iluminada por “los gozos y las esperanzas” que nos transmiten la alianza con los que más sufren, con quienes son los verdaderos protagonistas del mandato del Espíritu que nos “ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lucas 4, 16-30).

El Escorial, 1 de julio de 2017

El valor social de la misericordia #Editorial1591

Editoriales

El valor social de la misericordia #Editorial1591

16 enero 2017

Al terminar el Año de la Misericordia, el papa Francisco nos invita, en su carta apostólica Misericordia et misera, a continuar cada día en el empeño por «avivar el valor social de la misericordia» para mirar al futuro con esperanza. «Estamos llamados –nos recuerda Francisco– a hacer que crezca una cultura de la misericordia (…) en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando ve el sufrimiento del hermano» (n. 20). Es urgente restituir la dignidad a tantas personas y construir una sociedad justa y fraterna (n. 19). Esta necesidad social reclama nuestra respuesta como Iglesia, de forma que «la conversión pastoral que estamos llamados a vivir, se plasme cada día, gracias a la fuerza renovadora de la misericordia» (n. 5), porque «el camino de la misericordia es el que nos hace encontrar a tantos hermanos y hermanas que tienden la mano esperando que alguien la aferre y poder así caminar juntos» (n. 16). «El carácter social de la misericordia obliga a no quedarse inmóviles y a desterrar la indiferencia y la hipocresía (…) para que la justicia y una vida digna no sean solo palabras bonitas, sino que constituyan el compromiso concreto de todo el que quiere testimoniar la presencia del reino de Dios» (n. 19).

La cultura de la misericordia en la vida social nos reclama, por tanto, comportamientos personales y comunitarios que restituyan la justicia y la dignidad debida a los empobrecidos, pero también poner todo el empeño en ayudar al cambio de las prioridades políticas pues el carácter social de la misericordia tiene una dimensión política ineludible. Cualquier crecimiento económico que no esté orientado en esta dirección es injusto e inmoral. ¿De qué nos sirve socialmente el crecimiento si no responde a las necesidades de las personas y familias, si no acaba con la precariedad vital y la exclusión?

Por eso es tan esencial el trabajo digno: «La política económica debe estar al servicio del trabajo digno» (Iglesia, servidora de los pobres, 32).Si nos fijamos en la realidad del mundo obrero y del trabajo, su situación reclama dar prioridad en la acción política al empeño por el trabajo digno sobre cualquier otra consideración económica y a la creación de empleos que permitan vivir con dignidad. Hoy a cualquier cosa se le llama «empleo». Debería ser una prioridad política acabar con los salarios de miseria que muchas veces se ven obligados a aceptar los trabajadores para poder sobrevivir, con los frecuentes fraudes de ley que se dan en las relaciones laborales, con las condiciones indecentes y peligrosas para la salud en que se realizan cada vez más trabajos…, así como proteger de forma real y efectiva a tantos desempleados que no perciben ninguna prestación. Los contratos precarios no permiten vivir dignamente a las familias.

Igualmente, es necesario situar como urgente prioridad política acabar con la sangrante realidad de que haya personas y familias privadas, por su pobreza, de bienes tan básicos como la vivienda, o el acceso al agua, o a la energía. Ningún beneficio económico puede justificar nunca este hecho. Es una radical inmoralidad que no se haya acabado ya con esta inhumana situación.

La Iglesia en su conjunto, y cada comunidad cristiana en particular, estamos llamados a trabajar con todas nuestras fuerzas para que cuestiones como estas sean, cuanto antes, asuntos centrales en la vida política. Y para ello, el valor social de la misericordia, no puede quedar al margen, tampoco, de los planes y acciones pastorales de toda la Iglesia. Nuestra fe nos empuja a hacer visible otro modo, posible y humanizador, de existir, de que la misma vida eclesial ha de ser un testimonio creíble, porque sin esa dimensión social de la misericordia, nuestra vivencia de la fe, no está completa.

***

DIÁLOGO Y PARTICIPACIÓN | Este editorial esta abierto a tu valoración. Lo puedes comentar y/o compartir en las redes sociales, a través de la página de la HOAC en Facebook y/o en la cuenta de Twitter. Utilizamos la etiqueta #Editorial1591. También puedes hacer llegar tu opinión al correo electrónico participacion@noticiasobreras.es

faldon portada y sumario

tantoportanpoco560-05

faldonsumario2-02

Nuevo libro

Ultimo cuaderno

Redes Sociales

Instagram


© 2019 HOAC.

| Diseño original | DET | Adaptación de ACF | Desarrollado con WordPress | CM/Admo

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies